Construcción de imagen a la boliviana

Espectáculos

«Cocalero» (Argentina-Bolivia, 2007, habl. en español). Guión y dir.: A. Landes. Documental.

El último plano de este documental capta a un grupo de modistas y costureras posando alrededor del poncho que usará el primer presidente indígena de Bolivia el día de la asunción del mando. Han terminado su parte en «la construcción de la imagen». Y eso es también lo que vemos en todas las escenas anteriores: el modo en que el candidato Evo Morales se fue mostrando, y el pueblo alrededor suyo fue haciéndolo, a su imagen y semejanza.

Divertido, discutible, incisivo, el film registra los últimos meses de la campaña presidencial boliviana del año pasado, con viajes por lugares hermosos de casas penosas, manifestaciones coloridas, charlas, un encuentro donde el candidato logra ganarse al reticente ejército boliviano destacando su respeto por la jerarquía militar, y unas órdenes dignas de destacar para sus seguidores: «obligatoriamente los dirigentes tienen que vivir con sus esposas», «que los discursos sean muy cortitos, muy concretos, muy claros», «por encima de cocaleros somos indios, dueños de este territorio», etcétera.

También se registran festejos lapaceños e insultos santacruceños que podrían tildarse de racistas, momentos impensados (por ejemplo, la peluquera que le propone teñirle las canas, la diputada haciéndose las trenzas, el jefe de prensa bañándose en un río selvático, una versión local de «Todavía cantamos»), agachadas indebidas cuando una periodista le reclama que denuncie de una vez con nombre y apellido a supuestos explotadores, y otros reclaman por incumplimiento de horarios, y, entre todo eso, ocasionales reflexiones, relatos de vida bastante fuertes ( empieza contando la experiencia de ver a alguien quemado vivo), y confesiones fuera de programa del propio candidato. «Nunca me he casado, yo. Ni tantanaco», dice, aludiendo al modo de concubinato de los pueblos andinos, y evita exponerse demasiado junto a las mujeres de su campaña, entre ellas la bonita Adriana Gil. Pícaro, curtido desde niño, «cuando el trabajo de un día valía una cerveza», se lo ve también con malas compañías en Mar del Plata, y con gran habilidad para colaborar en la antedicha construcción de una imagen. Así, posa en un almanaque «con el sombrero por la nacionalización, la hoja de coca y el poncho por la identidad, y el chicote para castigar a mentirosos y ladrones».

Pintoresco, también, el modo en que otros criollos hablan a cámara, como la militante que dice, de la policía, «a las mujeres nos pegan suave, con calmita nomás nos pegan», o el campesino viejo que dice de los norteamericanos «sería una tristeza para ellos también, si les pedimos que dejen de fabricar Coca-Cola». Más llamativo, el cura que habla de la relación de iglesia y sindicatos, curiosamente útiles para las denuncias de maltrato conyugal. En resumen: un documental que hoy puede verse con curiosidad y hasta simpatía. Mañana quizá se vea con pena.

P.S.

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