La pintura de Blas Castagna no empieza ni termina en el caballete, sino que también involucra
materiales de desecho (metales, arpilleras, arena, cartones) que el artista manipula
como un orfebre para darles su impronta.
Para abordar nuevamente la obra de Blas Castagna apelamos a «Textos Ocasionales» del poeta Hugo Padeletti: «De más está decir que en las artes influidas por el Zen, en los caminos estéticos hacia la Realidad Ultima, no se busca y menos se rebusca, lo meramente novedoso. En el 'camino de las flores', un maestro tradicional se limita a hacer copiar al alumno sucesivos arreglos florales; no alienta ningún interés de innovación, no obstante, cuando el discípulo ya ha incorporado las pautas fundamentales de ese arte, lo original, lo nuevo en estado naciente, es lo que se da de por sí, sin ningún rebuscamiento trasgresor».
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Es por eso que la pintura de Castagna no empieza en el caballete, «ella nace mucho antes y casi siempre lejos de mí», dice el artista.
Sus materiales de desecho, metales, arpilleras, telas, arenas, maderas, cartones, vienen de lejos, él sabe descubrirlos -lo hace desde su infancia- se involucra, los manipula como un orfebre para darles su impronta, trata de desentrañar sus contenidos, buscando el milagro de encontrarse a sí mismo, buscando la medida y la expresión de lo humano, de allí el nombre elegido para su actual muestra en Galería Palatina (Arroyo 821): «Antropometrías».
En su obra no hay grandilocuencias, así la ve y también lo dice el pintor y autor del texto del catálogo, Francisco Travieso. Hay, sí, fragmentos atemporales que han de ser descubiertos y hasta si se quiere, inventarles una historia. Los cambios en Castagna son sutiles, quizás un cromatismo menos denso, sus blancos como los de aquella serie «Muros», tan conmovedora, y aunque los elementos se repitan a través del tiempo es porque están incorporados a su ser artista, a su ser hombre.
Artista-poeta, logra que su obra nos transmita esa mística que la provoca. No puede ser de otra manera ante su entrega al Arte, con mayúscula, así como sus cuestionamientos acerca del sentido de lo que hace.
Treinta obras, cada una, un mundo, con una serie de recursos que recorren un vasto espectro, con títulos que, emulando a Paul Klee, surgen mucho tiempo después de terminada la obra, un hecho que lo divierte, como en el caso del humorístico «Eclipse. Observado por un arquitecto rioplatense», acuarela sobretécnica mixta (2008) o «Arbre elemental», técnica mixta sobre madera y cartón, también de 2008, dedicado a un místico del 1200, Ramón Lull de vasta obra literaria y cuya ermita Castagna visitó en Mallorca.
La entrega cotidiana de Blas Castagna le da sentido a su vida, lo aleja y nos aleja de la vulgaridad cotidiana, de la decadencia espiritual y moral que se continúa en este siglo XXI. Para eso están los artistas. Cierra el 30 de junio.
Dejá tu comentario