Con un gran despliegue de imaginación, la bailarina pla-tense elabora una danza que se liga a la tradición expresionista, pero que tiene mucho de impronta personal. Su planificación respira una íntima poesía reviviendo aquellos tiempos de esplendor en los que deslumbraba con su «Carmina Burana», «La muñeca» o «Aquel antiguo cedro», pero no lo hace con nostalgia, sino con una renovada potencia que se mani-fiesta en sus ya legendarios giros y port de bras.
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Energética y con un ácido sentido del humor, la «Coppelia» de Scaccheri se convierte en un modelo de vitalidad y de supervivencia. A su lado, Ricardo Ale y Nicolás Zoric conforman una suerte de dúo de demiurgos que rodean con su accionar casi místico a la gran sacerdotisa de la danza contemporánea argentina.
Para que el trío se desplace, construya una teleraña, imite el caminar del Dr. Coppelius y se transformen en máscaras de registro oriental, Eduardo Rodríguez Arguibel reformuló el espacio del Centro de Experimentación del Colón, creando nuevas tensiones y direcciones.
Las luces revelan este singularísimo universo de muñecos y seres humanos dispersos en una plataforma despojada y ascética sólo alterada por las imágenes inquietantes de unos autómatas inertes. La belleza del «Edén de Copellia» emerge justamente de la convivencia del hombre y la creación con lo que busca asemejarse a Dios.
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