Resulta impresionante que Rainer Werner Fassbinder haya escrito esta obra teatral cuando recién estaba saliendo de la adolescencia. En ella, describe con amargo ingenio y avanzada madurez la tortuosa relación entre un jovencito de su misma edad, un hombre seductor y dominante, de 50 años, la noviecita del primero, ansiosa de experimentar cosas nuevas, y la ex mujer del segundo, que vuelve absurdamente al hogar, en busca de consuelo.
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Dos líneas de diálogo -un diálogo siempre cáustico, a veces recubierto de hipocresía, pero sólo a veces-pueden servir de ejemplo: la mujer llega a la puerta bañada en lágrimas, «Leopold, estoy angustiada, Helmut me abandonó», y el otro, imperturbable, sólo le responde: «Cuánto tiempo sin verte. Qué vieja estás». Así las cosas, es lógico que en semejante obra, cargada de perversión, cruel agresividad y reacciones egoístamente locas, uno de los personajes se termine suicidando.
Lo que asimismo resulta impresionante, es que de este modo Fassbinder haya descripto premonitoriamente su propio comportamiento de los siguientes años, cuando iba a hacer intensas obras sobre gente que reclama amor («Sólo quiero que me amen», «El frutero de las cuatro estaciones», etc.), al mismo tiempo que destrozaba a sus parejas, dos de las cuales también se terminaron suicidando, una de ellas en prisión (el actor negro de «La angustia corroe el alma»), y otra en una pieza de hotel. Por cierto, ninguna lo hizo del modo fríamente artístico que él había dispuesto para sus personajes.
Respeto
En su adaptación al francés, François Ozon respeta los nombres tedescos, y algunos versos de Heinrich Heine que el chico recita tristemente, y respeta incluso el tipo de actuación, de escenografía y vestuario, y de fotografía setentistas típicamente fassbinderianos.
Destacable, en ese sentido, lo significativo del comienzo: la abertura de una puerta se ilumina, reflejando su luz y su forma en un espejo. Pero más tarde, eso sí, el realizador aligera un poco el tono trágico, e incorpora una bienvenida -e igualmente hipócrita-levedad parisina. Lo ayuda en ello, maravillosamente, la encantadora Ludivine Sagnier, la pequeña hermana del «Cyrano de Bergerac», que ahora ya es una rubiecita de muy buen ver. Quizá su ropa interior no sea tipo años '70, una licencia que Ozon se toma, junto con cierto número musical, pero eso no molesta para nada. Claro que es difícil sentir ante esta chica la misoginia que propiciaba el texto original...
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