Las preciosas estampas camperas del “Juan Moreira”, más aún, cada plano del “Juan Moreira”, el paisaje porteño de “La tregua” y “Gente en Buenos Aires”, y también las imágenes nerviosas, hechas con recursos mínimos, de “La hora de los hornos”, “El habilitado” y “Los hijos de Fierro”, son ejemplo soberbio del legado que dejó Juan Carlos Desanzo como director de fotografía. En ese carácter hizo una gran variedad de trabajos, algunos de aparente sencillez, como “La gran aventura” y sus primeras secuelas, o “Subí que te llevo”, y otros de mayor exigencia artística y compleja producción, como “Un guapo del 900” (versión Murúa), “Los gauchos judíos”, “El muerto” (también llamado “Cacique Bandeira”), “El fantástico mundo de María Montiel”, “Un idilio de estación” y casi todas las de Raúl de la Torre, desde “Crónica de una señora” hasta “Funes, un gran amor”.
Desanzo, un extenso legado artístico para el cine nacional
El director se mostró activo hasta hace pocos días, cuando defendió al sector audiovisual en el Congreso antes del tratamiento de la reforma laboral. De sus inicios como director de fotografía a un recorrido de películas propias.
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Juan Carlos Desanzo falleció a los 88 años.
Fue precisamente en el rodaje de “Crónica de una señora” donde conoció a la entonces guionista primeriza María Luisa Bemberg, y fue él quien poco después la impulsó a convertirse en directora. Ella lo recordaba así: “Un día Desanzo me dijo ‘señora, escribir para otros nunca la va a dejar conforme. Usted es inteligente, tiene buen ojo, se da cuenta dónde hay que poner la cámara, cómo contagiar a los actores, a los técnicos, usted tiene que ser directora’. Y le hice caso”.
Él mismo, un día, también decidió convertirse en director. Empezó con cuatro policiales bien fuertes, todos protagonizados por Rodolfo Ranni: “El desquite”, “En retirada” (1984, con la llegada de la democracia un ex miembro de “los servicios” advierte que sus viejos compañeros pueden traicionarlo), “La búsqueda” (una joven quiere vengarse de los que asaltaron a su familia) y “Al filo de la ley”. Rodando esta última Desanzo fue arrastrado por un auto, quedó malherido, y aun así a los pocos días siguió filmando.
Se probó luego con las biopics: un proyecto frustrado sobre Carlos Monzón, el merecidamente exitoso “Eva Perón” con Esther Goris y Víctor Laplace, otra sobre el Che Guevara, luego “El amor y el espanto” con Miguel Angel Solá como Borges enamorado de la improbable Beatriz Viterbo, y su último gran trabajo, “El polaquito”. Basada en una historia real, la breve vida de un chico de la calle que intentó redimir a una muchachita caída en manos de un mafioso, la película era, como escribió el veterano Adolfo Martinez, “una cruda radiografía de una verdad que nadie ignora”. Los protagonistas Abel Ayala, Marina Glezer, Fernando Roa, tenían entonces la edad de aquellos chicos.
Desde entonces, año 2004, hasta ahora, nada ha cambiado.A este repaso se suman otras dos películas, “La venganza” y “Acorralados”, algunos cortos publicitarios, varios años como docente en Diseño de Imagen y Sonido de la UBA, un retiro en Ingeniero Maschwitz siempre interrumpido por generosas charlas y reuniones con colegas, estudiantes y público general, su cumpleaños número 88 el 15 de enero, y una última participación pública, el miércoles pasado, durante la reunión de gente de cine con algunos diputados para advertir sobre los riesgos de la reforma laboral.
Recordó entonces, como una ironía, el entusiasta apoyo que oportunamente le diera Patricia Bullrich al rodaje de “Eva Perón”. Ya viejo, Desanzo todavía estaba lleno de energía. Su muerte ayer lunes, inesperada, injusta, parece cerrar una valiosa etapa de nuestro cine. Pero solo parece.
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