31 de marzo 2001 - 00:00

Desnaturaliza a Ibsen una puesta en el San Martín

«Casa de muñecas», de H. Ibsen. Dir.: A. Ciurliani. Esc.: J. Negrín. Vest.: M. Zuccheri. Il.: L.J. Pastorino. Int.: A. Awada, C. Fal, M. Bestelli, G. Correas y L. Machin. (TNGSM, Sala Cunil Cabanellas).

"Siéntase, Torvaldo, tenemos que hablar". Esta simple frase levantó una tormenta de escándalo que se inició la noche del estreno de «Casa de muñecas». Henrik Ibsen creó un tipo de mujer que sirvió de modelo. A partir del personaje, el «ñorismo» se transformó en una corriente en la que se enrolaron miles de mujeres. De pronto, ellas (por Nora, la protagonista) descubrieron que tenían mucho que decir y que el simple papel de adorno del hogar y madre de familia no las satisfacía.

La frase no es anodina: es imperativa. Y con ella Nora se enfrenta por primera vez a su marido, después de descubrir que ambos han vivido en el engaño. El sustento de su pareja es el enamoramiento, que no tiene nada que ver con el amor. El amor tal vez pueda ser posible cuando ambos crezcan. Para eso, sería necesario que sucediera, como dice la frase final de la obra: «El mayor de los milagros».

La Nora de Ibsen es la encarnación de la femineidad: encantadora, ingenua, vulnerable. Impulsa en su marido el deseo de protegerla y mimarla. Saca lo mejor de él. Además, es romántica, ve en su marido una especie de héroe o de caballero, capaz de defenderla de las inclemencias del mundo.

Su desilusión trastoca su mundo ideal y la enfrenta con una realidad que asume casi sin proponérselo. La Nora que súbitamente madura y acepta la realidad tal como es, es otra, que se reprocha a sí misma haberse acostado por años con un extraño. Pero lo mismo le sucede al marido cuando ella muestra una faceta desconocida. Ya nada volverá a ser como antes. Hasta sus hijos dejan de pertenecerle. El cine, en «Kramer versus Kramer», plasmó un imaginario regreso, y la polémica volvió a instalarse en el centro de la escena.

Las huellas de Alberto Ure son visibles en la puesta de Alejandra Ciurlani. La «Hedda Gabler» que éste puso en escena optaba por un enfoque psicoanalítico que, supuestamente, desnudaba las motivaciones profundas, infiriendo lo que pasaba en la mente de los personajes. Strindberg, que odiaba a Ibsen, seguramente habría revisado su actitud si hubiera imaginado una puesta como la de Ciurlani. Más que «Casa de muñecas», el montaje hace que la pieza se asemeje a «La danza macabra», donde la mujer baila con su amante sobre el cuerpo de su esposo que acaba de sufrir un ataque de apoplejía.

No hay violencia en cambio, en «Casa de muñecas», la desilusión y el dolor operan en la protagonista un nuevo nacimiento. Y como Nora, a pesar de su inmadurez primitiva es un ser noble, no puede mentir. Como tampoco ha mentido antes. Sólo que la revelación le ha quitado la venda de los ojos.

Ibsen (contrariamente a otros autores como Bernard Shaw u O'Neill, entre otros) no abunda en acotaciones. Pero las pocas que impone son imprescindibles y precisas. Ejemplo: las golosinas que Nora come a escondidas de su marido. Mentira inofensiva, pero mentira al fin. Un mínimo detalle, pero esclarecedor. Ibsen confiaba en la inteligencia del público: no remarcaba innecesariamente las situaciones ni caía en el naturalismo, ni en el melodrama.

Naturalista y melodramática es la visión de
Alejandra Ciurliani, que destruye todos los matices y resta carnadura a los personajes. La marcación impuesta obliga a los actores a una sobreactuación que los deshumaniza.

Ha transformado a Torvaldo (Alejandro Awada) en un represor y a Nora (Carolina Fal) en una especie de geisha que camina a saltitos, como una autónoma. El impecable Rank (Gabo Correa) llora demasiado, y el patético Krogstad (Luis Machín) aparece simplemente como un sádico, que no justifica el amor verdadero que Cristina (Mara Bestelli) siente por él. Bestelli compone con acierto a su personaje, dotándolo de humanidad y convicción. La suya es una interpretación inteligente y finamente elaborada.

El vestuario de
Mini Zuccheri y la escenografía de Alberto Negrín, aunque interesantes, obedecen al criterio de la puesta y remarcan el carácter expresionista impuesto por Ciurlani.

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