7 de enero 2005 - 00:00

Desvaídas aventuras en Marruecos

«Kasbah» (España-Argentina, 2000, habl. en español, árabe y francés). Dir.: M. Barroso. Guión: L. Marías, M. Barroso. Int.: E. Alterio, N. Verbeke, J. Sancho, M. Ouazzani, E. Ballesteros, Z. Atifi, A. Ezouine, M. Valdivieso.

La coproducción argentinoespañola-«Kasbah» empieza bien pero luego fastidia con sus limitaciones argumentales; lo mejor, la música norafricana y el paisaje marroquí.
La coproducción argentinoespañola-«Kasbah» empieza bien pero luego fastidia con sus limitaciones argumentales; lo mejor, la música norafricana y el paisaje marroquí.
A quí hay dos historias: la que vemos en la pantalla del cine, y la que justifica su existencia en el ambiente del cine. La primera nos cuenta cómo un Jaguar y un Mercedes terminan de un día para otro en un desarmadero del Tercer Mundo, las mujeres se pierden en cualquier centro de compras (encima ésta se pierde con auto y todo), o se suben con el chofer menos recomendable, y después uno tiene la culpa, porque a uno siempre le echan la culpa en estos casos, y de paso nos cuenta también que los judíos «son la peor clase de moros», a juicio del malo de la película, claro, aunque acá no se sabe cuál es más malo, si este fulano, su contratista, o el libretista de la cinta, que es más o menos de aventuras.

En síntesis, y en Marruecos: Mario, hijo natural de su jefe (que lo desprecia) recibe a la loquita de su hermanastra (que ignora el parentesco), pero la chica escapa de golpe, y obliga a buscarla por un desierto donde sólo se encuentran pícaros bereberes y locos españoles, a cuál más peligroso.

El comienzo es bueno, con la maldición de un pastor de ovejas y los movimientos sinuosos de Elena Ballesteros. Pero luego ya fastidian las incoherencias y limitaciones argumentales, y en positivo sólo quedan algo de paisaje, los movimientos sinuosos de Natalia Verbeke, los personajes marroquíes, lindamente interpretados por artistas locales, y el personaje del legionario asesino desaforadamente sobreactuado por el grandote José Sancho. Y la música, con muchos temas norafricanos.

Y ahora viene la otra historia. Sorpresa, se trata de una película hispano-argentina del año 2000. En efecto, dos empresas nacionales aportaron para esto, que recién ahora vemos, al músico Iván Wyszogrod, el sonidista Carlos Faruolo, y los contratos, por Asociación Argentina de Actores, de Ernesto Alterio y Natalia Verbeke. ¿Pero qué teníamos que hacer ahí? Bueno, ahí viene la moraleja.

Estamos viendo la obligada devolución de favores hacia las empresas españolas que poco antes habían aportado el contrato de Ariadna Gil, algo de postproducción y mucha plata para una obra fuertemente argentina, más digna de memoria, «Nueces para el amor». Visto así, el asunto justifica muchas cosas, nos hace quedar como agradecidos, y, si se quiere, salimos ganando. Aparte, les prestigiamos sus catálogos con una película mejor que la que ellos hicieron.

Al revés de lo que acá pasa (rarezas de las coproducciones), para «El hijo de la novia» España aportó, como artistas propios, los contratos y los viáticos de los argentinos Alterio y Natalia Verbeke.



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