23 de marzo 2004 - 00:00

Dos Nobel, un dilema y un éxito teatral infrecuente

Alberto Segado
Alberto Segado
El de «Copenhague» es uno de los casos más atípicos en la escena de Buenos Aires en los últimos años. Una obra, en apariencia muy dura y difícil en su tema (la física cuántica, la ética), inició su tercer año consecutivo en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín (desde ya, la pieza más exitosa del Complejo Teatral en mucho tiempo), con el mismo elenco inicial que integran Juan Carlos Gené, Alberto Segado y Alicia Berdaxagar, y dirección de Carlos Gandolfo.

El escritor y dramaturgo británico Michael Frayn, autor de la obra, desarrolló una intriga en torno a las circunstancias que posibilitaron la creación de la bomba atómica. «Copenhague» habla de la conflictiva relación entre ciencia y ética y de lo insondable de la conducta humana. Su acción se centra en el misterioso encuentro que mantuvieron en Dinamarca, dos genios de la física: el danés, de origen judío, Niels Bohr (1885-1962) y su amigo y ex discípulo alemán Werner Heisenberg (1901-1976), ambos ganadores de un Premio Nobel.

Corría el año 1941 y los Estados Unidos competían con la Alemania nazi por la obtención de una bomba que diera inmediato fin a la Segunda Guerra Mundial. Qué es lo que sucedió en aquella reunión que terminó abruptamente es algo que todavía hoy se sigue discutiendo.

En su diálogo con este diario, el actor Alberto Segado habló de las dificultades y satisfacciones de trabajar en una obra donde los protagonistas se esfuerzan por explicarle a un público lego complicadas teorías de física cuántica. «Copenhague» también se representó en la Fundación Balseiro de Bariloche y en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

Periodista:
¿Cómo se da que una obra interese por igual a la comunidad científica y al público teatral?

Alberto Segado: Todos quedan atrapados porque hay algo en la obra que va más allá del tema científico, que se mete en lo complejo de las relaciones humanas y en el mundo de la ética donde el hombre queda atrapado por sus circunstancias. Acá vemos las grandezas y miserias de dos hombres geniales, cuyos descubrimientos cambiaron la historia de la humanidad.


P.:
¿Hacia dónde apunta la obra?

A.S.: La obra ofrece muchas lecturas, desde muy sencillas a muy complejas, pero es evidente que el autor conoce bastante de física cuántica, porque hasta la estructura de la obra tiene que ver con leyes propias de esa ciencia. Por eso los científicos se deslumbran tanto con «Copenhague». Y nosotros, para poder entender de qué estamos hablando, tuvimos que trabajar con el asesoramiento científico de Juan Carlos Paz. Yo por suerte ya tenía algunos conocimientos de física, porque cursé algunos años de medicina en mi juventud. Es decir que el mundo del átomo no me era ajeno.


• Debate

P.: Hasta hubo un debate en la Facultad de Ciencias Exactas.

A.S.: Sí, después de la función se abrió un debate muy interesante que empezó por el lado político. Porque otra de las bondades de la obra es que pone sobre el tapete las contradicciones de estos dos hombres, sin juzgarlos. Digamos que cada uno lleva su cruz a cuestas. Bohr contribuyó con los Estados Unidos para Hiroshima, aunque el principal abanderado fue Oppenheimer. Pero sin duda fue él quien resolvió cómo detonar la bomba de Nagasaki, por más que su mujer se esfuerce en deslindar responsabilidades. Heisenberg, por su parte, terminó sus días deprimido en un psiquiátrico. El fracasó en sus investigaciones atómicas, aunque después declaró que no había querido poner la bomba a disposición de Hitler.


P.:
¿Pero fue nazi?

A.S.: En realidad había estado trabajando en una línea equivocada y eso fue algo demasiado humillante para su ego. En circunstancias tan complejas como una guerra mundial los dos quedaron presos de algo que a posteriori es muy difícil de encuadrar desde el punto de vista moral o ético. Einstein mismo, en 1939, cuando supone que Hitler está por construir la bomba atómica, insiste ante Roosevelt para que apure la investigación. Pero años más tarde, cuando se da cuenta de lo que produce la energía atómica usada como herramienta de destrucción, se transforma en un pacifista. El tema es muy complejo, son hombres atrapados en su saber y en sus circunstancias.


P.:
¿Qué se dijo en el debate?

A.S.: Al comienzo decían que Frayn había sido demasiado benévolo con Heinsenberg que era un nazi. Pero, Daniel Bes -director del departamento de física de la Universidad Favaloro, que además trabajó con Bohrpuso fin al debate indicando que no había ningún testimonio de que Heisenberg perteneciera al partido nazi; él sólo sirvió a Alemania. Lo más interesante del debate fue cuando se habló de la relación entre ciencia y ética, una discusión que viene de los años '60 y que denuncia como la ciencia se separó de la filosofía para ponerse al servicio de la tecnología, con lo que eso implica. También se habló de la carencia de materias tan importantes como ética y filosofía en la formación de los científicos argentinos.


P.:
¿Qué problemas acarreó esta carencia?

A.S.: Que ahora a un científico le dan dinero para investigar sólo si responde a las pautas y necesidades de la empresas que financian esa investigación y no hay ética que valga. Sin ir más lejos es lo mismo que pasa hoy con todo lo que tiene que ver con la genética y la biotecnología.


P.:
¿Por eso usted abandonó medicina?

A.S.: Dejé porque mi vocación como actor era muy fuerte y no me daban los tiempos para cursar las dos carreras. Así que cuando llegué a la fisiología del riñón dejé medicina. Fue una decisión difícil porque en ese entonces pensaba que sólo una profesión como ésa aseguraría mi futuro. Así que cuando años más tarde padecí un cólico renal muy fuerte lo atribuí a la venganza de aquel riñón.


Entrevista de Patricia Espinosa

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