El protagonista de «Ronda nocturna», un taxi-boy que vaga por la noche
porteña, en un film de Eduardo Cozarinsky no siempre logrado, interesante
por tramos e incómodo en otros.
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Ese muchacho es un taxi-boy que vaga por la noche porteña hasta el amanecer, cruzándose con varias distracciones al paso, brillos y opacidades, presencias permanentes o fugaces, chicos cartoneros, fantasmas amables o resentidos, clientes, amigos, y proveedores. Algunos hacen a una especie de declaración en favor de ciertos amores prohibidos, y constituyen la parte visualmente morbosa del relato. Pero otros, los fantasmas, hacen a unos amores más duraderos. Son los muertos que conviven con uno, los que conversan con uno, y le dan al relato un aire semifantástico y al mismo tiempo semicostumbrista.
El conjunto suena raro y riesgoso, no siempre logrado, pero sentido. Interesante en varios tramos, incómodo en otros,
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