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17 de septiembre 2007 - 00:00

Duilio Pierri: la realidad con un acento de lo surreal

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En «La ofrenda de la res» se funden la célebre «Res» de Rembrandt, la historia nacional según Echeverría y lo ornamental de la arquitectura.
La muestra antológica que Duilio Pierri presenta en el Museo Sívori, «El moscardón enardecido», se inicia con las pinturas de 1975 y culmina con los paisajes de la actualidad. Al ingresar al Sívori se descubren varias obras monumentales como «El mito de Narciso» (1985), «Soy el halcón en el acantilado» (1992) y «Batalla» (1989), pintura basada en los sonetos donde Miguel Angel evoca la grandiosidad del italiano Sironi, y que junto a la metafísica «Prisionero, león y serpiente» integró el envío argentino a la Bienal de San Pablo.

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La imponente dimensión y la intensidad de las pinturas, hace que el conjunto impresione al espectador, al punto de que las obras conviven con soltura en la misma sala con la fuerza de «Chacareros» de Antonio Berni, obra inmensa y emotiva que el Sívori acaba de recuperar. Pero más allá de la calidad y el tamaño, el placer estético que deparan las pinturas de Pierri se relaciona con el poder evocativo de un artista que si bien tienen un estilo propio y definido, sabe transportar a sus telas la resonancia que deja en la memoria el arte que puebla los museos.

Así, para los conocedores de la historia del arte, la clave para disfrutar de la muestra consiste en descubrir a Pierri como artista, pero también como espectador,porque la naturaleza vehemente de su pintura está nutrida con la mirada que le ha dedicado al arte. Si una obra cobra vida cuando se encuentra con su espectador, el artista transmite con su pintura la «emoción singular» que provocan estos encuentros.

Al avanzar en la muestra está la serie «El matadero» (1987), dedicada al texto de Esteban Echeverría. En una reinterpretación libre de la historia, el artista pinta el cuerpecito del niño decapitado por un enlazador que yerra el tiro, una bella escena ecuestre, una feroz pintura llamada «El último negro», y «Rosas», la enorme, bellísima y alucinada imagen de un caballo con un jinete fantasmal y sin rostro. En la «La ofrenda de la res» se funden la célebre «Res» de Rembrandt, la historia nacional que pinta Echeverría, el afán ornamental de la arquitectura y la postura arrogante de los personajes públicos de todos los tiempos.

En éste y otros trabajos de los años '80 está presente la magnitud del hombre renacentista, el mágico sosiego de De Chirico, y la estetización neoclásica pintada con la libertad y energía que proviene del neoexpresionismo. Se trata de características que son propias de la Transvanguardia, movimiento que surgió en Italia en 1979 avalando la libertad de servirse y apropiarse del arte del pasado. Pero Pierri, en la lejana Buenos Aires, sentía que los transvanguardistas venían a respaldar el arte que en esos años estaba produciendo.

Pierri era pequeño cuando comenzó a utilizar las pinturas de su padre, el surrealista Orlando Pierri, y las de su madre Minerva, que pintaba como si viviera en el siglo XIX y era hija de un artista. La herencia de la pintura y el diálogo constante con la historia del arte se refleja en todo el recorrido de la muestra. Sencillamente, es algo que está allí presente, en el esplendor de cada uno de esos cuadros realizados con la sabiduría de alguien que nació pintando.

Un padre surrealista no podía dejar de ejercer su influencia, que queda en evidencia en la serie «Los mosquitos», que surge en 1976 inspirada en una pesadilla de la infancia. La pintura surreal del hijo está signada sin embargo, por el espíritu de una época donde el comic tiene una influencia crucial. En 1979 pinta «Mosquito en Barrio Norte», y en 1980, parte con esa serie a Nueva York, donde encuentra artistas afines a su estilo, como Keith Haring, con quien coincide en una muestra colectiva. «Me fui porque me di cuenta de que en Nueva York mi pintura podía tener aceptación», cuenta el artista. Pero mientras en la producción estadounidense derivada del comic sobrevuela una alegría ligera, en la densa obra de Pierri ronda lo siniestro. Sus mosquitos, ligados a la historia de nuestro país, intimidan.

Al finalizar la muestra están los paisajes de la última década, con su tremenda expresividad, sus colores contrastantes y unos ritmos alucinados y cinéticos. Hay ramas que dibujan enjambres de luces y sombras, hay árboles retorcidos, perspectivas imposibles, bosques del color del fuego, y hay, también, un mundo exaltado que palpita al compás de unos pinceles que son custodios de otros pinceles.

Junto con la exposición, se presenta el libro «Duilio Pierri» editado por Arte Múltiple con un excelente ensayo de Fabián Lebenglik, quien destaca la audacia del artista, esa inusual valentía para saltar al vacío en cada cuadro.

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