Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Oliver von Dohnanyi. Solistas: Matthew Barley (violoncello) y los cantantes Mónica Philibert, Alejandra Malvino, Carlos Bengolea y Ariel Cazes. Obras de Antonin Dvorak y Ludwig van Beethoven. (14/4, 1er. Función de abono).
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El jueves hacía un calor infernal, pero mucho más en el Teatro Colón que, al estar lleno, producía un asfixiante espesor en la atmósfera. Los hombres se despojaban de sacos y corbatas, las mujeres se apantallaban con lo que podían, pero el aire acondicionado no se encendió, aunque la situación fuera tortuosa también para el personal y los músicos. Fue una muestra de desconsideración y desdén para el público.
Sin embargo, este no fue el único malestar de la noche: también se encontró el espectador con la sorpresa de cambios de artistas y de obras, sin que mediara ninguna explicación. En efecto, en lugar de Christine Walevska el solista en violoncello fue el inglés Matthew Barley, y en lugar de la «Sinfonía de los Salmos» de Igor Stravinsky fue la «Novena Sinfonía» de Beethoven. Esta obra magna de la historia de la humanidad no pudo ser preparada como corresponde, no se pudo lograr un resultado satisfactorio con tan pocos ensayos, y así salió, a engrosar la lista de desconsideraciones e imprevisiones.
La obra de Stravinsky no pudo ser oída por falta de pago de los derechos, motivo por el cual también peligran para esta temporada lírica, en primer lugar, las óperas de Benjamin Britten («Muerte en Venecia») y de Francis Poulenc («Diálogo de las Carmelitas»), aunque los temores pueden extenderse a las obras de todos los autores del Siglo XX.
Para el «Conciertoen Si Menor Op. 104» de Antonín Dvorak el violoncellista tiene superados recursos técnicos, pero la obra es apasionada, y hasta épica por momentos, algo de lo que no parecía enterado el solista, que hizo una flemática versión.
Tampoco el director eslovaco Oliver von Dohnanyi se preocupó por sutilezas o matices, ya que solamente los trazos gruesos fueron objeto de su atención, y no logró que los músicos se concentraran, de donde no se alcanzó a articular ni homogeneizar tan bella y desperdiciada música.
La esperanza del público es que von Dohnanyi ponga más empeño en el foso de orquesta, ya que justamente él tiene a su cargo la concertación de la próxima «La Flauta Mágica» de Mozart, otra partitura hermosa que nadie tiene derecho a estropear.
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