El escritor peruano cuenta que en el jurado del Premio Planeta-
Casamérica 2007 se pensó que él era una mujer porque
el libro está narrado en primera persona por una de las
protagonistas.
"Pensé qué sucedería si una periodista prestigiosa que goza de una vida plena, un matrimonio estable, un hijo cariñoso y un amante apasionado se encontraba con aquella amiga suya que vivió torturada por su gordura, y a pesar de haber heredado una fortuna, vive sola, amargada, imposibilitada de escapar a sus rencores." Así explica el escritor peruano Alonso Cueto la génesis de «El susurro de la mujer ballena», la novela con la que fue finalista del Premio Planeta-Casamérica 2007. Alonso Cueto escribió una docena de libros de narrativa que lo han colocado en un lugar destacado en las letras iberoamericanas, además de conquistar la beca Guggenheim y numeros premios.
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Periodista: En los últimos años se dedicó a escribir para ganar premios. Ya lleva cosechados el Anna Seghers, el Herralde y ahora el finalista de Planeta-Casamérica.
Alonso Cueto: Ningún escritor serio escribe teniendo como objetivo ganar premios. Eso no quiere decir que los premios no sean bienvenidos dado que permiten una difusión mayor, una comunicación, un vínculo con los lectores que es una de las metas del narrador. Esto no significa que a uno le deleite andar de giras; el ámbito natural para un escritor es la soledad y el silencio, porque vive de afuera hacia adentro y el lugar donde ocurren sus historias es en esa intimidad.
P.: ¿Es cierto que el jurado pensó que usted era una mujer?
A.C.: (Ríe) Es lo que confesaron los jurados -entre los que estaban Eduardo Mendoza y Juan Villoro-el día de la ceremonia. El tema, la relación entre dos amigas, está narrado en primera persona por una de ellas. A mí me interesaba bucear en ese tipo de relación, y «El susurro de la mujer ballena» es una historia sobre los pactos secretos de la amistad. Ellas han sido muy amigas y algo pasó entre ellas que ha roto esa amistad, ésa es la sombra que se cierne sobre ese reencuentro.
P.: ¿Cómo instala el reencuentro?
A.C.: Una de ellas, Rebeca, la gorda de la que se burlaban en la clase, de la que hacían mofa, comienza a buscar a Verónica, que es la que narra la historia. Y en los encuentros, algunos dramáticos, comienzan a aparecer recuerdos y secretos de su relación anterior. Uno de los temas de esta novela es el de la violencia que el pasado ejerce en nuestras vidas, de cómo unas huellas de la infanciay la adolescencia, que aunque pensemos que no es así, están presionando nuestros actos, y de cómo pesa la sombra de la culpa tanto de lo que hicimos en el pasado como lo que dejamos de hacer porque no pudimos o no quisimos. Hay un pesar instalado en lo que pudiendo hacerlo no hicimos. Es el viejo tema de la culpa observado desde la intimidad de una amistad entre mujeres.
P.: ¿Quiso mostrar también la guerra secreta entre gordos y flacos?
A.C.: Ese es también un tema de la novela. Si bien está el sufrimiento de la gorda, de la ballena, la flaca también está desesperada porque tiene miedo a envejecer, a no verse bien, se arregla, se pinta. La narradora vive tambien angustias y ansiedades. Y la gorda no deja de sentir que ha sido rechazada y burlada por su tamaño.
P.: Una estética que se impuso de forma drástica a partir de la segunda mitad del siglo XX.
A.C.: Creo que la verdadera religión de nuestro tiempo es el culto al cuerpo, y especialmente al cuerpo femenino. Todo en nuestra civilización apunta a la promoción de un cuerpo ideal. Se ve en la publicidad, en la televisión, en el cine, en los desfiles de «modelos». Hay en mi novela un momento en que la narradora piensa cómo el impulso hacia la religión, hacia lo sagrado se ha trasvasado hacia este culto del físico. Las penitencias se han convertido en dietas, los templos e iglesias en gimnasios, y los milagros en la cirugía plástica. Hasta hay curiosas comuniones con, por ejemplo, botox o anabólicos. El culto al cuerpo es la más extendida religión moderna de Occidente. Tiene un cierto aspecto racista porque todos los que no tengan un cuerpo que se corresponda con el modelo patrón son en cierto modo discriminados, separados, excluidos, rechazados.
P.: Antes de la reconciliación final hay un ataque que podríamos denominar vampírico contra la flaca.
A.C.: (Ríe) No me gustaría divulgar todo lo que va pasando.
P.: Bueno la suya no es una novela de terror o de suspenso.
A.C.: Creo que lo es de esos dos géneros. No es del terror de lo que pasa afuera sino de lo que pasa dentro de nosotros. Creo que el suspenso y el terror son a las imágenes que albergamos en el fondo de nuestro inconsciente y con las que tenemos dificultad de relacionarnos. La dificultad de mirarnos de frente, de reconocernos, de observar descarnadamente nuestras heridas y confrontar con nosotros mismos. Creo que es el terror psicológico de estas dos mujeres, y sobre todo de la narradora. En ese sentido es un thriller pero no por lo que va pasando afuera sino por lo que va ocurriendo dentro de la protagonista.
P.: ¿Le costó ponerse en la cabeza y la piel de una mujer?
A.C.: Fue un reto para mí. Viví rodeado de mujeres, mi padre murió cuando yo tenía 14 años y estuve rodeado por mi madre, mis tías, mis primas. Bueno, además, a la hora de escribir he tenido la gran colaboración de mi esposa, sobre todo porque me interesaba reproducir la lengua femenina, el modo de hablar, no sólo las ideas. Muchas veces decía en voz alta las frases para ver si sonaban como las de una mujer, y mi esposa aprobaba o reprobaba.Otras veces, gracias a mi experiencia, a esa cosas que han hecho que Flaubert dijera «Madame Bovary soy yo», me daba cuenta cuando algo no pertenecía a Verónica, y tenía que dejarla hablar más libremente.
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