22 de noviembre 2006 - 00:00

El humor de "Fantasmas" no excluye lo morboso

El humor de Fantasmas no excluye lo morboso
«Fantasmas» de Chuck Palahniuk. Traducción de Javier Calvo. Mondadori. Buenos Aires, 2006. 442 págs.

El autor de «El club de Ela pelea» sigue manteniéndose fiel a las historias violentas, de ésas que alteran el pulso con sus brutales escenas de sexo o que detallan con morbosa delectación todo tipo de heridas, mutilaciones y cuerpos en descomposición. No es extraño, entonces, que Chuck Palahniuk se haya convertido en un autor de culto en los Estados Unidos, aunque sería injusto no advertir que más allá de su insistencia en remover tabúes y fantasías escabrosas, sus relatos son esencialmente satíricos y tienen la mira puesta en las torpezas y miserias de la sociedad norteamericana.

De las veintitrés historias reunidas en «Fantasmas» se pueden extraer los más variados conflictos: crisis de adolescencia, familias disfuncionales, pedofilia, racismo, prostitución, misoginia, homofobia, masoquismo y una larga lista de trastornos que son reflejo de un mundo embrutecido. El autor insiste en señalar que sólo gozamos con el sufrimiento y el odio de nuestros enemigos, mientras que nuestra idea del amor consistiría en convertir al otro en objeto de uso.

Con su estilo efectista, no exento de humor, Palahniuk logra que el lector se aferre a estas historias sin cuestionar su ideología ni su gusto por lo escatológico. El problema con «Fantasmas» es que encierra buenos cuentos dentro de una falsa estructura novelística. El autor imaginó a un grupo de escritores aficionados, dispuestos a encerrarse en una oscura mansión durante tres meses para escribir una obra genial que los redimirá para siempre. En realidad, se trata de una trampa ideada por un anciano muy sádico que los irá empujando hacia la degradación más absoluta (incluida la antropofagia). Este nivel de narración es el menos interesante del libro y aunque los protagonistas transforman su aislamiento en una versión gore de «Gran Hermano», sus peripecias resultan tan aburridas como los poemas que encabezan cada capítulo. Mejor atender a sus coloridos relatos, un homenaje a los «Cuentos de Canterbury» de Geoffrey Chaucer (narrados, como es sabido, por personajes de diferentes estratos sociales).

Otra de las apuestas de Palahniuk fue trabajar el horror a través de diferentes tópicos y estilos. En general, parte de situaciones muy cotidianas, a la manera de Stephen King, pero hay algo tosco y apresurado en su prosa que lo pone muy por debajo de las habilidades de su compatriota. De todas maneras, la mayor parte de los relatos se leen con interés, en especial «Tripas», el que abre la serie.

Patricia Espinosa

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