16 de mayo 2001 - 00:00

El humor limpio y elegante se quedó sin su voz

El humor limpio y elegante se quedó sin su voz
Tiempo atrás, Juan Verdaguer había armado la siguiente rutina. Una despampanante vedette lo anunciaba, con grandes elogios, y él aparecía, casi perdido al lado de ella, estableciendo el siguiente diálogo: «Habló tan bien de mí, que escuchándola creía que me había muerto». «Usted va a vivir hasta los 80 años». «Ya tengo ochenta años». «¿Vio? Se lo dije». También solía decir «Todo el mundo empieza el diario leyendo las obituarias. Yo lo hago. Y como no encuentro mi nombre, me digo 'empezamos bien el día'».

Ayer, en cambio, ya no quiso levantarse de la cama, ni leer el diario. A los 85 años, después de 70 de trabajo, Juan Verdaguer murió de un paro cardiorrespiratorio, rodeado de sus familiares, en su casa de Barrio Norte. Había nacido en Montevideo, hijo de un malabarista argentino y una acróbata uruguaya, la famosa Aída Queirolo, y se crió en la carpa del circo materno. «En vez de perro teníamos una elefanta, y en vez de un caballito de madera yo jugaba con un caballo de verdad».

De sus ancestros tomaría para siempre el sentido del equilibrio, el manejo del tiempo, y la maliciosa seriedad.
Todo ello se encauzó a partir de una escalera. Había comenzado la escuela secundaria, cuando su madre lo interesó en un número de circo francés: subir a una escalera de cuatro metros, de una sola hoja, y, una vez arriba, ponerse a tocar el violín.
«Me llevó quince años aprender a subir, y necesité otros siete para bajar», bromeaba. Subía, y allá arriba tocaba desde czardas hasta «La cumparsita». Con ese número se lució en Uruguay, Chile, Brasil (en los lujosos casinos Copacabana y Urca, donde tomó la costumbre del smoking), España, México, y Norteamérica (cinco años en Las Vegas), donde llegó en 1942.

El número gustaba, pero un empresario le dijo que faltaba algo. «Usted tiene 'talking face' (una cara para hablar), y la gente espera que hable». El acróbata habló un día que, justo en lo alto de la escalera, se le rompió una cuerda del violín. Silencio absoluto, roto por su comentario aséptico, de tono nasal: «Mi mamá me dijo que esto me iba a pasar alguna vez». Dos segundos más tarde, el público captó la gracia de la frase, y se largó a reír. Ahí nació el humorista.

Con un libro de chistes cortos bajo el brazo («los chistes nuevos no hacen reír»), empezó a enriquecer su número, acordándose de su suegra en cada peldaño. Con el tiempo reemplazaría la escalera por un cigarro. «Apenas empiezo un chiste, la gente quiere llegar al final antes que yo. Entonces doy una pitada, como una pausa, para crear expectativa, mientras los demás se imaginan cómo termina el cuento. Y yo termino sorprendiéndolos con otro final».

A fines de los '40 llegó a la Argentina, donde rápidamente se hizo un lugar. En 1951 era el mafioso enamorado de
Jorge Luz disfrazado de española, en «Locuras, tiros y mambo», y en 1952, con su segunda temporada en el Comedia, junto a Fidel Pintos y Blanquita Amaro, ya era «el señor del humorismo», definición que le puso, de una vez y para siempre, el comediógrafo y empresario Carlos A. Petit.

Verdadero señor, nunca apeló a la grosería, ni necesitó la menor palabrota para hacer reír. Le bastaba dejar que el propio público captara por sí mismo alguna segunda intención, mientras él lo miraba fijamente en silencio, al final de una pitada. Con ese estilo trabajó a lo largo de medio siglo, y encabezó revistas de teatro, y programas de televisión, junto a figuras como
José Marrone, Mimí Pons, Joe Rígoli, Susana Mayo, Tato Bores, Ambar La Fox, Javier Portales, y Ernesto Bianco.

Circo y televisión

A lo largo de once años, de 1960 a 1970, hizo sus propios programas de televisión, y a mediados de los '60 también tuvo su propio circo, que en realidad era un espectáculo inhabitualmente fino, prácticamente una revista, sólo que se desarrollaba bajo la lona, en gira por provincias. Más tarde prefirió volver a las giras unipersonales por todo el continente: «Siempre es más fácil cambiar de público que de chiste». Quizá por la misma razón, también cambió varias veces de esposa.

En cambio, nunca quiso cambiar de estilo. Aunque admiraba a
Pepe Arias por la capacidad de mezclar comicidad y dramatismo, Verdaguer se animó a brindar apenas cuatro muestras de su propia capacidad de actor dramático: las películas «Rosaura a las diez» (1958, Mario Soffici, con su tímido y energúmeno personaje de Camilo Canegatto), «La herencia» (1964, Ricardo Alventosa, que tuvo problemas con la censura), y, más brevemente, «El amateur» (1999, J.B. Stagnaro), y la pieza teatral «Blum», de Enrique Santos Discépolo, que el humorista protagonizó en 1963 en el Odeón, junto a Silvia Legrand.

Con el tiempo, los gustos del público argentino fueron cambiando. La gente empezó a festejar más el grito y la guarangada, que el humor fino, casi cerebral, de un señor que nunca iba a perder la elegancia, ni iba a humillar a sus partenaires. El señor del humorismo se convirtió entonces en un referente citado con admiración, pero cada vez menos solicitado. Por suerte el resto del continente, de Los Angeles a Montevideo, lo siguió aplaudiendo. Su desquite en estas pampas se daría recién en el 2000, con
«Masters», la obra que hizo, ya con 84 años a cuesta, y siempre de smoking, en el Bauen, junto a otros dos grandes, Mario Clavel (76 años) y Carlos Garaycochea (apenas 70). Pero esa también fue su despedida.

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