4 de junio 2001 - 00:00

El libro como objeto de arte

(04/06/2001) En el Paseo de los Recoletos, uno de los barrios más bellos de Madrid, la Casa de América exhibe «Literatura argentina de vanguardia. 1920-1940», que ocupa las tres plantas del edificio, un palacete del siglo XIX. Se trata de un verdadero documento, de una muestra que refleja con implacable verismo el esplendor que alcanzó la cultura de nuestro país en la década del veinte.

La reflexión sobre este espacio privilegiado que poco a poco se fue perdiendo es inevitable. Es que, más allá del evidente talento de nuestros escritores y pintores vanguardistas -la muestra se abre con un ejemplar de «Prisma», la revista mural que Borges salió a pegar por las paredes porteñas-, la exposición emociona porque habla del lugar preponderante que ocuparon los artistas e intelectuales argentinos en el concierto internacional.

Resulta al menos curioso que sea Juan Manuel Bonet, director del Reina Sofía, el mentor de esta exposición. Hace unos años conoció en Buenos Aires a Sergio Baur, hoy agregado cultural de la Cancillería argentina con destino madrileño y curador de la muestra, a quien motivó para buscar algunas de las primeras ediciones y las obras que hoy integran la muestra. En ese entonces, en las librerías «de viejos», todavía se encontraban joyas a precio de remate.

También llama la atención que un español como Iñigo Ramírez de Haro Valdez, seducido por el teatro de Alejandro Urdapilleta, privilegie la cultura argentina sobre otras de Latinoamérica. En este contexto, desde «Fervor de Buenos Aires», el primer libro de poemas que Borges escribió inspirado en la ciudad de casitas bajas con azoteas que dibujaba su hermana Norah, autora de la portada, hasta el «Adán Buenosayres» de Leopoldo Marechal, cada una de las piezas de la muestra oficia de acicate a la nostalgia.

Se le atribuye a un martinfierrista haber definido su época como «los últimos años felices de hombres felices». Y ése es el sentimiento que transmite el grupo retratado en una fiesta, en la escalera de la casa de Oliverio Girondo. Esa misma y bellísima casa que linda con el museo Fernández Blanco y que hoy está en ruinas.

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