En efecto, Coll es el tercer egresado de la Escuela de Cine de la Universidad Nacional del Litoral que debuta llevándose a Saer al cine. Antes fueron Nicolás Sarquís, con «Palo y hueso», hace poco más de treinta años, casi justo cuando Coll presentaba como corto de tesis el excelente y poético documental «La doma» y, hace unos quince años, Raúl Beceyro, con el todavía más difícil «Nadie, nada, nunca».
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¿Fanatismo, fidelidad, cábala? Pero además, ¿no hay otro autor santafesino en quien basarse? Porque lo de Saer es como una maldición. Sutil retratista de ciertos rostros ocultos bajo la máscara abúlica de la clase media provinciana, escritor de historias cinematográficamente equiparables a las primeras películas de Michelangelo Antonioni, o a algunas del mucho mejor, aunque menos conocido, Pupi Avati, el santafesino siempre termina siendo más difícil que lo pensado.
Coll ha pensado bien la ambientación y los caracteres, hace una muy aplicada adaptación, y el guión es realmente atendible (no así los diálogos), pero para concretarlo con artistas de carne y hueso necesitaba verdaderamente un elenco uniformemente chejoviano y -sobre todosapiencia para manejarlo.
Ambas cosas le faltan, y se nota, aunque corresponda destacar trabajos individuales, especialmente los de Mónica Galán, como la madre acalorada, y Carlos Catania, como el juez cretinizado (este artista iluminaba recientemente otro film santafesino, «Ciudad sin luz», donde hacía de comisario sui generis: su estilo siempre tiene esa chispita en los ojos, que rápidamente vuelve cómplice al espectador).
Elogios también para la hermosa fotografía del reaparecido Esteban «Pucho» Courtalón, lograda con muy pocos medios.
En suma, una obra bien orientada, pero algo fallida. Por suerte, el espíritu del escritor logra verse bien respetado (y además el libro no se consigue).
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