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Como cancelar o postergar la fiesta hubiera representado una ruina económica (está demostrado que una ceremonia diferida, como ocurrió con los Emmys reprogramados dos veces después del 11 de septiembre de 2001, es una ceremonia muerta), la Academia llevó adelante su edición de los tres cuartos de siglo (y de las bodas de oro de las transmisiones televisivas) con la cautela y las presiones más fuertes de las últimas décadas.
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