El espacio público tiene una significación especial en la vida argentina. Una parte importante de la historia de nuestro país podría inferirse exclusivamente del análisis de las diversas ocupaciones de ese entorno, ya que los momentos clave de tal historia lo han elegido como escenario privilegiado. Lentamente, durante la década del '90 el espacio público perdió sin embargo su potencial de reclamo y conformación de la vida urbana, convirtiéndose en un sitio de marginación social.
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La producción artística siguió el mismo movimiento de abandono del espacio público y se refugió en circuitos privilegiados. Así propició una producción autorreferente, de escaso contacto con la vida social, que se fue alejando de las búsquedas procesuales de los años anteriores -que entendieron a la obra de arte como parte de un proceso de creación y no simplemente como un objeto material-para abocarse a la producción de «obras de arte» en su sentido tradicional.
Las realizaciones típicas de los '90 se caracterizan por la perfección en el acabado, la precisión constructiva. Se piensa en obras y no en proyectos, en momentos en que el arte internacional recorre el camino inverso. Los artistas locales parecen más preocupados por problemas formales que por la construcción de un pensamiento artístico. La falta de proyección es, quizás, lo único que los hermana al clima político-social general.
Sin embargo, hacia finales de la década, un conjunto de artistas y colectivos de trabajo comienzan a transitar nuevamente el sendero de los procesos y la activación del espacio público. El circuito del arte parece asfixiante y encerrado en un círculo vicioso que lo lleva a un eterno retorno de lo igual, perdiendo su frescura y su capacidad para integrarse socialmente. Debido a esto, los artistas vuelven a salir de las instituciones y reclamar el territorio urbano, recuperando un espacio clave del proceso democrático.
Así, surgen numerosos proyectos que se integran con la gente y el entorno comunitario. A veces se busca generar vínculos con esa comunidad, como en el caso del Proyecto Lugareña de la artista salteña Roxana Ramos. En otras ocasiones, el espacio público puede ser el escenario para cuestionar discursos sociales, como lo hizo Zoe di Rienzo con motivo del «día de la mujer», ejecutando un irónico maratón en torno al monumento a la mujer urbana de Antonio Seguí, en la ciudad de Córdoba.
En Posadas, Sonia Abián salió a recorrer la ciudad con frases de políticos locales estampadas en su remera. Entre sus objetivos estaba constatar la significancia de tales frases en los ámbitos a los que supuestamente estaban dirigidas.
Estas propuestas eluden la fascinación fetichista de la obra de arte y se internan en vías más sutiles, valorando gestos o potenciando acciones comunicativas. La fuerza de esta tendencia encontró un suelo fértil en los acontecimientos suscitados en torno a la crisis de 2001. Algunos artistas y grupos que venían trabajando en el entorno urbano, y otros que comienzan a partir de entonces, dan nuevo impulso a las relaciones del arte con el contexto sociopolítico. El 20 de diciembre, muchos de estos creadores -el Grupo de Arte Callejero, el Grupo Periferia, entre otros-recordaron los hechos de Plaza de Mayo otorgándoles trascendencia en acciones artísticas específicas. Dentro y fuera de las instituciones, entre la intimidad y el espacio social, el arte argentino está reconfigurando sus fronteras, límites y legalidades.
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