18 de septiembre 2026 - 12:57

El regreso de la extraña pasajera

“La semana del diluvio”, de Eva Hibernia, un drama con notables actuaciones de Cecilia Chiarandini, Merceditas Elordi y Kevin Schiele, y una lograda puesta de Alejandro Schiele.

Cecilia Chiarandini y Merceditas Elordi en La semana del diluvio

Cecilia Chiarandini y Merceditas Elordi en "La semana del diluvio"

“La semana del diluvio”, de la dramaturga española Eva Hibernia, transcurre en un hotel francés de provincia fuera de la temporada de caza. Aunque está cerrado, su dueña (Merceditas Elordi) admite a una pasajera inesperada (Cecilia Chiarandini), quien llega en medio de una lluvia persistente y encuentra comida, refugio y una protección que muy pronto excede la relación convencional entre hotelera y huésped. Entre ambas comienza a definirse un vínculo que oscila entre lo fraternal y lo materno-filial. Elordi trabaja esa cercanía desde una reserva que deja entrever una historia anterior; Chiarandini instala desde su aparición una vulnerabilidad cuya causa, al principio, desconocemos, aunque la imaginación puede dispararse a territorios no ajenos a lo onírico. Ese es el clima que establece la puesta de Alejandro Giles.

Durante una parte de la representación puede suponerse que esa extraña pasajera, como diría Bette Davis, está muerta, que quizá sea el regreso de una antecesora suya, una antigua huésped protegida también por la dueña hasta su muerte, y que el diálogo entre ambas pertenezca enteramente a la imaginación de quien sobrevivió. La puesta hace convivir indicios contradictorios y permite que el espectador construya hipótesis mientras la acción continúa.

Giles hace de esa incertidumbre el principio organizador de la puesta. La lluvia aísla el hotel y parece suspenderlo respecto del mundo exterior, mientras el paso concreto del tiempo se vuelve visible mediante las proyecciones traseras que anuncian cada uno de los días de esa semana, con su correspondiente lema. Esas marcas no son simples separadores ya que a medida que las jornadas se suceden, convierten el diluvio en una cuenta regresiva hacia la resolución.

Durante aproximadamente dos tercios de la obra, el escenario pertenece a Elordi y Chiarandini (ambas con estupendas interpretaciones). Sobre ellas descansa la dificultad de sostener un misterio basado menos en acontecimientos que en la modificación progresiva de una relación.

La posadera es una mujer que protege sin explicar del todo por qué lo hace; bajo sus actos de hospitalidad aparecen la culpa, el recuerdo y una necesidad de reparación cuyo origen sólo conoceremos después. La pasajera se mueve en un territorio más flexible; su miedo es concreto, pero la dramaturgia permite que represente a otra mujer, o a todas las mujeres que huyen de una persecución.

La aparición de Kevin Schiele, cuando han transcurrido cerca de dos tercios de la función, produce el movimiento decisivo. Su entrada no se limita a introducir un tercer personaje, sino que modifica retrospectivamente lo visto. Datos, silencios y comportamientos que podían pertenecer al orden sobrenatural adquieren otro sentido sin perder por eso su resonancia simbólica.

Ahí se revela con mayor claridad la arquitectura del texto. Las identidades femeninas comienzan a superponerse de otro modo, las historias forman parte de una misma que amenaza con repetirse de manera cíclica. Hasta la llegada del hombre, la amenaza carecía de cuerpo y podía confundirse con el recuerdo, la culpa o la imaginación. Con él adquiere presencia física. El peligro que la obra había mantenido fuera de campo entra finalmente en el hotel, y aquello que parecía un relato de fantasmas encuentra su núcleo en una violencia reconocible y concreta.

El diluvio deja de ser únicamente la lluvia interminable que encierra a los personajes. Durante esos días se produce una acumulación y finalmente una descarga: retorna una historia anterior, se reconoce su repetición y aparece la posibilidad de modificar su desenlace. La sucesión de los días cobra entonces su sentido pleno. Por eso el final no elimina la dimensión fantástica que dominó la primera parte, sino que la vuelve legible desde otro lugar: los muertos pueden regresar sin necesidad de que aparezca ningún fantasma. Giles preserva hasta el final esa doble lectura y encuentra en ella la fuerza de la puesta.

(Ítaca Complejo Teatral, Humahuaca 4027, lunes a las 20).

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