24 de mayo 2007 - 00:00

"El tiempo"

«El tiempo» pudo ser una comedia moderna, pero en cambio es un cuento de gentetrastornada, con toques de crueldad y mal gusto sin vestigios de la poética habitual deldirector de «El arco».
«El tiempo» pudo ser una comedia moderna, pero en cambio es un cuento de gente trastornada, con toques de crueldad y mal gusto sin vestigios de la poética habitual del director de «El arco».
«El tiempo» (Shi gan, Corea del Sur-Japón, 2006, habl. en coreano. Guión y dir.: K. Ki-duk. Int.: Seong Hyeona,Ha Jung-woo, Kim Ji-heon, Seo Yeonghwa, Kim Sung-min.

La joven Seh-hee ama posesivamente a su novio Ji-woo. Llega a hacer papelones públicos, si él tiene el más mínimo gesto de cortesía con otra mujer. Ella siente que lo está perdiendo y decide hacerse una cirugía, no para ser más linda, sino para volver a enamorarlo, fingiéndose otra. Desaparece entonces la irritable y ansiosa Seh-hee, y en cambio, meses después, aparece la agradable See-hee, que sin mucho disimulo se pone al alcance de Ji-woo, logra seducirlo, se lo lleva a la cama... y descubre que él sigue enamorado de la ya inencontrable Seh-hee.

Ahora ella tiene celos de ella misma, o de como era antes, o, mejor dicho, de quien era antes. Para colmo, en una de las varias vueltas de tuerca de esta historia, Ji-woo podría convertirse en Jung-woo queriendo reconquistar a..., en fin, esto tiene sus enredos, que pueden ser mayores si el espectador se confunde los nombres o cree, con aceptable fundamento, que «todos los chinos son iguales», aunque los de esta película son todos coreanos, y además una de las actrices tiene el cabello más lacio y brillante que la otra. ¿Pero qué se puede hacer, si hasta los mismos miembros de la pareja se confunden?

Esto, que bien podría ser una comedia moderna, es acá un cuento de gente trastornada, con toques de crueldad y mal gusto (abundan las imágenes sanguinolentas, sobre todo al comienzo), a cargo de dos enamorados con entero tiempo libre y lindos departamentos bien relucientes donde sufrir a gusto, muy al gusto de quienes aman el nuevo y joven cine coreano.

Lo salva, pero hasta por ahí nomás, el ya veterano Kim Ki-duk. Su sentido de la composición visual, ahora con saludos a Magritte y algunos paseos por el parque de esculturas de Baemigumi, prohibido para menores, su exquisita discoteca, y sus lecturas filosofales logran que esta película nos sugiera algunas reflexiones sobre las variaciones del amor y los desvaríos de la identidad. Pero los diálogos sacan de quicio. Para colmo, a diferencia de otras obras suyas, de enriquecedor silencio, acá hay demasiados diálogos, la mayoría vulgares y ninguno mayormente trascendente. Era de esperar, ya que después de «El arco», esa joyita de tanta delicadeza poética, no podía sino descender a la prosa, y volver a un mundo prosaico que ha reemplazado las puertas del templo por las puertas de la clínica de cirugía estética. Esperemos que este retroceso sea solo para tomar aliento hacia otra nueva poesía.

En resumen: un Kim Ki-duk menor, sólo para incondicionales.

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