30 de abril 2001 - 00:00

El tono muy infantil desvirtúa una farsa

Los locos de la reina.
"Los locos de la reina".
Es evidente que el autor se inspiró en el «Ubú rey», de Alfred Jarry (en « Célimène et le Cardinal» su modelo fue Molière), pero no pudo emular el salvaje espíritu lúdico de esta pieza que, siendo ya centenaria, goza de muy buena salud. « Los locos de la reina» es también una fábula sobre el poder, sólo que en este caso las referencias a la realidad son mucho más concretas y pedestres.

La versión de Pablo Rey alude a una serie de episodios de violencia y corrupción muy fáciles de relacionar con determinados períodos de la historia argentina. Pero estos apuntes aislados, más las obviedades por las que transita el texto, impiden que cualquier identificación con la realidad resulte un valor en sí.

La historia de la reina loca -con un hijo desaparecido en circunstancias misteriosas y una hija muy poco dispuesta a sucederla en el poder-va perdiendo fuerza a medida que avanza la acción. Esta se ramifica en diversos conflictos y, pese a que también abunda en intrigas palaciegas, nunca alcanza un verdadero clímax.

Es evidente que el texto pretende hacer reír desde la irreverencia, pero sus ironías no superan siquiera el nivel de un sketch televisivo. Entre otras cosas, la puesta incluye una escena de alcoba digna de «Matrimonios y algo más». Las risas que se escuchan desde la platea se deben, en su mayoría, a la expresiva gesticulación de Lidia Catalano, pero por lo demás, su personaje nunca logra encontrar su rumbo.

Lo mismo sucede con otro estupendo actor, «Roly» Serrano («Venecia»), que incomprensiblemente se dedica durante toda la obra a homenajear a grandes cómicos argentinos (desde «Pepe» Arias hasta «Pepe» Biondi). Lo único que logra es desdibujar aun más a su «Bufón». Marcelo Mazzarello (el ministro) hace todo lo posible para darle brillo a un personaje más bien anodino. En cambio, está visto que Celeste García Satur (la princesa) no es una actriz lo suficientemente madura como para encarar un papel de mucha exigencia.

El vestuario de líneas clownescas y la precariedad de la escenografía subrayan el tono involuntariamente infantil de la puesta, algo que sorprende en una directora como Lía Jelín, de gran experiencia en la comedia de humor corrosivo.

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