1 de junio 2001 - 00:00
"El traje", de Peter Brook, de París a Buenos Aires
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Peter Brook.
Con el atronador sonido de rock de fondo, mientras bailaba el personal del teatro, amigos y familiares, el casi octogenario Brook observaba la fiesta con su legendaria tranquilidad, y apenas formuló algunos comentarios sobre sus futuras actividades. Junto a su asistente de dirección, Marie-Hélène Estienne, y una de sus colaboradoras, la argentina Clara Bauer (hermana del director de cine Tristán Bauer), Brook admitió ante este diario que el año próximo pueda representarse en Buenos Aires una producción de «Le costume», aunque descartó la posibilidad de viajar a la Argentina o de que, en lo inmediato, se pueda llevar su nueva versión de «Hamlet», que a diferencia de sus últimos espectáculos requiere un oneroso desplazamiento de maquinarias escenográficas.
De su más reciente producción, en el Festival de Teatro de Buenos Aires de 1999 se pudo ver «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero», aquel singular experimento teatral basado en casos clínicos del neurólogo Oliver Sacks. «Le costume», una obra que interpretan cuatro actores negros, entre ellos el extraordinario Sotigui Kouyaté, visto en la Argentina en la mencionada «El hombre...», no es menos apasionante.
La obra
«Le costume», que se viene representando en diferentes escenarios europeos desde hace más de dos años (esta semana inicia su gira austríaca), contradice su apariencia de comedia con un origen que se pierde en la turbulencia de uno de los muchos episodios crueles de la historia del siglo XX, el apartheid.
Su autor se llamó Can Themba y fue un poeta de Sofiatown, Sudáfrica, al que Brook evocó como un «hombre tan feliz como su ciudad». A los dos años de escribir la obra, Sofiatown fue diezmada por la policía del régimen, y la mayor parte de sus habitantes se confinó en Soweto. Themba sobrevivió unos años, luego logró exilarse, y murió en 1967 en medio de la desesperación y el alcohol.
Brook recordó algunas particularidades de la génesis de su obra: Sofiatown, antes de su destrucción, era una ciudad habitada por gente de los más diferentes orígenes raciales, y en donde se vivía en armonía. Allí proliferaba una especie de cafés clandestinos, llamados shabeens, que eran frecuentados por escritores negros y blancos, pintores, gigolós, ladrones y prostitutas. En los shabeens se cantaba, se escribía, se jugaba, se hacía el amor. Themba, uno de sus habitués, escuchó la historia de «Le costume» de boca de un anciano alcoholizado, que presumiblemente hablaba de su propia vida.
El nudo de la obra es un triángulo amoroso singular: un hombre, una mujer y un traje. El hombre, Filemón, era un marido ejemplar; Matilda, su mujer, una muchacha que había renunciado contra su voluntad a su pasado de cantante cuando contrajo matrimonio. El traje, pulcro y recién salido de la tintorería, la evidencia que deja en la habitación conyugal el amante de Matilda, cuando debe escapar precipitadamente una mañana al oír regresar a Filemón a un horario desacostumbrado.
La continuidad de la obra, luego de ese episodio, puede no ser extraña para el sentido occidental, aunque seguramente esa interpretación no sea la correcta. Esa ambigüedad multicultural es, justamente, la que profundiza Brook en los criterios de su puesta, a través de climas sucesivos que llevan al espectador a pasar de la carcajada franca a la emoción dramática.
Filemón, herido y ahora victimario, fuerza a Matilda a que el traje -sobre cuyo origen no la interroga-conviva con ellos, que esté siempre presente. Lo sienta a la mesa, la obliga a darle alimentos, lo hace partícipe de una reunión de amigos que ofrece en la casa. Simultáneamente, la relación en el matrimonio cambia de raíz: Filemón ahora le permite a Matilda que retome su canto (algo que Tanya Moodie, la actriz, hace maravillosamente), le tolera y hasta alienta a que participe en reuniones sociales fuera del hogar, la reconoce como persona libre. Sin embargo, la omnipresencia del traje, siempre entre ellos, funciona como una amenaza que derivará, finalmente, en una resolución trágica.
Junto a ellos, los otros dos actores (Kouyaté y K.K. Joe) van asumiendo múltiples papeles sucesivos: desde los compañeros de trabajo de Filemón hasta dos damas de un club anglicano, a la misma velocidad con la que la obra oscila entre la tragedia y la comedia absurda. Como un Ionesco de Sudáfrica, la obra de Themba y su ejemplar representación podrían ser, felizmente, uno de los buenos momentos de la temporada teatral de Buenos Aires del año próximo.



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