29 de mayo 2001 - 00:00

Exhibe Bellas Artes paisajes de Ditsch

Helmut Ditsch.
Helmut Ditsch.
Nacido en Buenos Aires, en sus primeros años Helmut Ditsch -artista que inaugurará una muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes, el miércoles 6 de junio-vivió en la infinita llanura de la pampa y, a los ocho años, conoció las altas cumbres de los Andes, donde más adelante realiza numerosas expediciones como andinista. Estas experiencias fuertes y extremas con la naturaleza marcan una constante en su vida y su pintura. A fines de la década del '70, Ditsch comenzó a pintar y en 1983, presentó su primera muestra individual de paisajes.

En 1988 viajó a Austria, donde estudió pintura en la Academia de Bellas Artes de Viena, hasta 1993. Al año siguiente, instaló su taller en un antiguo hogar para niños, en los bosques de Viena. Simultáneamente, su otra pasión lo llevó a encontrarse con el legendario alpinista Reinhold Messner en Merano (Italia). A su regreso a la Argentina, durante 1995 llevó a cabo un recorrido a través de los hielos continentales patagónicos.

En 1998, Ditsch inició sus proyectos para la obra «Das Gebirge» (La cordillera), para la cual debió permanecer varias semanas aislado en los Alpes austríacos. En el Realismo, la naturaleza se involucraba como el entorno común, y sus herederos forjaron otro punto de vista que otros creadores tomaron después para generar el suyo. Los impresionistas se formaron bajo el Segundo Imperio (1852-1870) y salieron a escena con la Tercera República, fundada a comienzos de 1871. Habían nacido entre 1830 y 1841. Se encontraron, hacia 1859-'63, en París: Camille Pissarro (1830-1903), Alfred Sisley (1839-1899), Paul Cèzanne (1839-1906), Claude Monet (1840-1926), Pierre Auguste Renoir (1841-1919).

Si en las obras realistas la naturaleza dominaba al hombre, en las telas impresionistas era el hombre quien dominaba a la naturaleza. Una nueva naturaleza, suburbana, moderna, con estaciones ferroviarias, puentes de hierro, barcos de vapor, fábricas, turismo, regatas. Pero fue allí donde estos artistas buscaron a la antigua naturaleza y la recrearon, la inventaron, a través de la fugacidad pictórica -hecha de pinceladas fragmentarias y colores yuxtapuestoscon la que tradujeron su eternidad física, resumida en la cambiante sensación de la luz y en las sutiles vibraciones de la atmósfera. Llegaron así a la primera exposición, de 1874.

Manet, que fue influido por sus adeptos, no participó en esta muestra ni en las sucesivas, actitud imitada por Ignace-Henri Fantin-La-tour (1836-1904), amigo y contertulio de los impresionistas. En cambio, se unieron Hilaire Edgar Degas (1834-1917), Berthe Morisot (1841-1895) y otros.

Siete exhibiciones más se escalonaron: la última fue en 1886. Para entonces, hacía tiempo que el grupo se había dispersado. Sólo Pissarro intervino en las ocho muestras. Es que, si bien habían partido de premisas afines, todos evolucionaron, aun quienes siguieron de cerca los postulados iniciales, como Monet, Sisley y Pissarro. El caso extremo, sin duda, fue el de Cèzanne. Pero la Revolución Impresionista, despiadadamente combatida por la prensa, la Academia y el arte oficial, modificó para siempre la historia de las creaciones estéticas. Con todos estos artistas, se hace realidad el arte moderno.

Nos hemos referido a la postura de los impresionistas porque
Helmut Ditsch se separa de esa retórica y plantea cómo la ilusión del espectador supera a la naturaleza que él interpreta. Toda idea de realidad es relativa a la época en que se formula. Ya a comienzos del siglo XX, las teorías de la relatividad de Einstein (1906) señalaron la imposibilidad de postular un observador objetivo.

A lo largo del siglo, el arte ha eliminado el punto de vista fijo del receptor y la intención de «reproducir» la realidad. Además, se propone que el espectador tome conciencia de las condiciones de su recepción. Por eso, en las décadas del '60 y '70, frente al naturalismo de las esculturas hiperrealistas de
John de Andrea y Duane Hanson, que presentan la ambigüedad de lo real, el espectador se pregunta sobre el carácter de su percepción.

Igual sucede con el retratista
Chuck Close. También en esos años, Gerhard Richter logra en sus fotografías pintadas, la concreción de la ilusión total y el efecto de una presencia real en el espacio. En esta línea, creemos que hoy, en la pintura de Helmut Distch la ilusión de la realidad y la realidad de la ilusión siguen siendo temas fundamentales. Al referirse al arte de las últimas décadas, el singular filósofo italiano Gianni Vattimo ha señalado: «Ya no se tiende a que el arte quede suprimido en una futura sociedad revolucionaria; se intenta en cambio, de alguna manera, la experiencia inmediata del arte como hecho estético integral».

En esta perspectiva, uno de los criterios de valoración de la obra parece ser la capacidad que ella tenga de poner en tela de juicio su propia condición, ya en un nivel directo o de manera indirecta; por ejemplo, como ironización de los géneros o estilos.

Pero
Ditsch inventa, además, un verdadero paisaje cultural. Sus obras de grandes formatos presentan desiertos, glaciares y montañas, que remiten a la belleza de lo inconmensurable. El verbo inventar procede (en inglés, francés, español, italiano y portugués) del latín invenire: inventar, descubrir. He ahí su primera acepción en los idiomas mencionados: encontrar, descubrir una cosa ignorada; al extenderse el sentido, aparece la segunda acepción: hacer, producir una cosa inexistente. Ambos significados, el de hallar y el de crear, remiten a un solo sujeto: el hombre. Es él quien halla el objeto ignorado (un bosque, un glaciar, una montaña), y es él quien crea la cosa inexistente (un poema, una pintura). En cuanto al hallazgo, inventar remite tanto a la naturaleza como a la cultura, aunque suele predominar la naturaleza.

En materia de creación, se ofrece la misma doble circunstancia, pero con preeminencia de la cultura: así es en la pintura, la música, la narrativa, la filosofía; en cambio, la ciencia trabaja con elementos naturales. Parece obvio decir que el sujeto único que halla y crea -el hombre-participa en sí de la naturaleza y la cultura, simultáneamente. En consecuencia, inventar un paisaje cultural es en principio una reiteración de este esquema tan antiguo: encontrar y producir, descubrir y hacer, hallar y crear.

Dejá tu comentario

Te puede interesar