30 de mayo 2001 - 00:00
Exhibe Bellas Artes paisajes de Ditsch
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Helmut Ditsch.
Nos hemos referido a la postura de los impresionistas porque Helmut Ditsch se separa de esa retórica y plantea cómo la ilusión del espectador supera a la naturaleza que él interpreta. Toda idea de realidad es relativa a la época en que se formula. Ya a comienzos del siglo XX, las teorías de la relatividad de Einstein (1906) señalaron la imposibilidad de postular un observador objetivo.
A lo largo del siglo, el arte ha eliminado el punto de vista fijo del receptor y la intención de «reproducir» la realidad. Además, se propone que el espectador tome conciencia de las condiciones de su recepción. Por eso, en las décadas del '60 y '70, frente al naturalismo de las esculturas hiperrealistas de John de Andrea y Duane Hanson, que presentan la ambigüedad de lo real, el espectador se pregunta sobre el carácter de su percepción.
Igual sucede con el retratista Chuck Close. También en esos años, Gerhard Richter logra en sus fotografías pintadas, la concreción de la ilusión total y el efecto de una presencia real en el espacio. En esta línea, creemos que hoy, en la pintura de Helmut Distch la ilusión de la realidad y la realidad de la ilusión siguen siendo temas fundamentales. Al referirse al arte de las últimas décadas, el singular filósofo italiano Gianni Vattimo ha señalado: «Ya no se tiende a que el arte quede suprimido en una futura sociedad revolucionaria; se intenta en cambio, de alguna manera, la experiencia inmediata del arte como hecho estético integral».
En esta perspectiva, uno de los criterios de valoración de la obra parece ser la capacidad que ella tenga de poner en tela de juicio su propia condición, ya en un nivel directo o de manera indirecta; por ejemplo, como ironización de los géneros o estilos.
Pero Ditsch inventa, además, un verdadero paisaje cultural. Sus obras de grandes formatos presentan desiertos, glaciares y montañas, que remiten a la belleza de lo inconmensurable. El verbo inventar procede (en inglés, francés, español, italiano y portugués) del latín invenire: inventar, descubrir. He ahí su primera acepción en los idiomas mencionados: encontrar, descubrir una cosa ignorada; al extenderse el sentido, aparece la segunda acepción: hacer, producir una cosa inexistente. Ambos significados, el de hallar y el de crear, remiten a un solo sujeto: el hombre. Es él quien halla el objeto ignorado (un bosque, un glaciar, una montaña), y es él quien crea la cosa inexistente (un poema, una pintura). En cuanto al hallazgo, inventar remite tanto a la naturaleza como a la cultura, aunque suele predominar la naturaleza.
En materia de creación, se ofrece la misma doble circunstancia, pero con preeminencia de la cultura: así es en la pintura, la música, la narrativa, la filosofía; en cambio, la ciencia trabaja con elementos naturales. Parece obvio decir que el sujeto único que halla y crea -el hombre-participa en sí de la naturaleza y la cultura, simultáneamente. En consecuencia, inventar un paisaje cultural es en principio una reiteración de este esquema tan antiguo: encontrar y producir, descubrir y hacer, hallar y crear.




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