A través de sus discos, el británico Courtney Pine se ha ido afirmando como uno de los músicos más atractivos de la escena europea. Desde el jazz y con un manejo sorprendente del saxofón --so-prano o alto-, ha traspasado el «underground» para saltar al mercado grande, y ha construido su discurso a partir de la fusión de distintos elementos, desde el pop hasta el soul, pasando por la música centroamericana, las experimentaciones electrónicas, el rap, el rock; aunque siempre con el jazz como referencia fundamental. Su primera actuación en Buenos Aires comenzó muy bien, con «Brotherman», de su último disco, «Back in the Day», y «Yeah! Yeah!».
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Pero pareciera que allí, Pine agotó todo lo que tenía para decir en su debut argentino. Desde entonces, se dedicó a repetir, más cerca del hip hop, del jazz o del pop, según los casos, lo dicho en el comienzo. Pero, lo que es mucho peor, se fue transformando progresivamente en un showman y fue dejando al músico de lado. Le so-bran herramientas técnicas para hacer lo que quiere con el saxo; y abusó de esa posibilidad llegando por momentos directamente a la payasada.
Hizo participar forzadamente al público, obligándolo a pararse y bailar cuando nadie lo hacía naturalmente, haciéndolo cantar -en un gesto digno de alguien con escasos recursos-en un coro olvidable, y bajando a la platea, en el cierre, para incitar a la gente a cantar la clásica arenga de «Woodstock». Y, en esa misma línea, dio más espacio a su trombonista-bailarín Dennis Rollins que a su guitarrista Cameron Pierre, posiblemente, el músico más interesante de su banda; se olvidó de las experimentaciones sonoras y relegó a su tecladista a un lejano tercer plano, hizo alardes circenses con su saxo (llegó a soltar ambas manos para tocar exclusivamente con sus labios); y dejó a la música para otra oportunidad. Una verdadera pena, porque por lo que demuestran sus grabaciones es alguien que parece tener más cosas para dar que las que mostró en La Trastienda.