Ante esta película, cabe en primer término señalar el debut de las jovencitas Carolina Touceda y Carolina Corral, las participaciones de Martín Coria (el killer criollo), Roly Serrano (el calesitero paraguayo) y Alejandro Fiore (el violador converso), y -palabras mayores-las piernas bien definidas de Esther Goris.
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Del resto, si no fuera porque el argumento suena -digamos- entre ingenuo y fariseo, plagado de situaciones inverosímiles o falaces; porque algunos diálogos son francamente imposibles de tomar en serio («Creez que zoy ezpañol por el azento», dice un tipo, del modo más castizo posible, y de inmediato, asevera que es un empresario holando-canadiense); porque los desniveles actorales son demasiado marcados; porque el montaje de un par de fugas en simultáneo, en vez de potenciar a ambas, apenas resulta una frustración por partida doble; si no fuera, en fin, por ésas y otras cuantas fallas más, de parecido calibre, ésta sería una película policial bastante atendible.
Casi diríamos que, de haberse pulido apenas un poco más cada uno de los aspectos en juego, el resultado sería incluso eficaz, siempre dentro del campo de producción comercial que la película misma quiso adjudicarse, es decir, una obra medio morbosa y amarillista para consumo de voyeuristas.
Por supuesto, alguna clientela va a llevar, aunque más no sea por los elementos que propone: una muchachita prostituta que finge ser de 16 y la terminan vendiendo como de 15, chantaje a hombres casados, drogadicción, sectas que esclavizan jóvenes y niños, usándolos para el comercio de videos clandestinos, jueces corruptos, riña de prostitutas y travestis en Constitución, etcétera.
Pero nada de eso está lo suficientemente bien hecho como para recibir elogios, ni tampoco está lo suficientemente mal hecho como para considerarla bien bizarra y gozarla como tal. En fin, otra vez será.
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