29 de mayo 2001 - 00:00

Film de Hollywood recrea la leyenda del huidizo Salinger

Sean Connery y Jamal Wallance.
Sean Connery y Jamal Wallance.
(28/05/2001) "Un viejo loco que se convierte en mentor y amigo de un joven negro que es basquetbolista, pero quiere ser escritor, es una idea fantástica", dicen que exclamó Sean Connery cuando leyó el guión de «Descubriendo a Forrester», película protagonizada por Connery y Jamal Wallance, y dirigida por Gus Van Sant, que este diario ofrecerá a sus lectores en avant première mañana a las 20 en el cine Atlas Recoleta.

Lo que sucedió con el guión de «Descubriendo a Forrester» se parece a una de esas comedias juveniles armadas en Hollywood para concluir en un optimista happy end. Michael Rich, un muchacho que trabajaba en un radio, escuchó hablar de «esos escritores que luego de un éxito se esconden y no reciben a nadie, por caso, Salinger», y pensó que era una buena historia para llevar al cine.

Sobre todo si cruzaba a un viejo loco, excéntrico e intimidante escritor, ganador de un Pulitzer que escapa del acoso de periodistas y fans, con un descarado y vital joven negro, reclutado por un colegio de clase alta porque es un brillante deportista, aunque secretamente quiera ser brillante como escritor.

A Michael Rich le llevó meses terminar el guión, pero apenas lo dio por bueno salió a gol-pear las puertas de los estudios Hollywood; como era previsible, de los productores recibió rechazos del tipo «usted tiene posibilidades, siga adelante». No se sintió acobardado, lo envió al Concurso de Guiones de la Academia de las Artes y las Ciencias de Hollywood, la del Oscar. Ganó frente a 4.500 participantes, y los estudios que lo palmearon empujándolo hacia la puerta empezaron a llamarlo, disputándose el libreto.

Todos en algún momento mencionaban a los escritores Salinger y Pynchon. Tambien Gus Van Sant, elegido para dirigir la película, repitió que el escritor William Forrester de la ficción debía ser un «Jerry» Salinger.

Escapar del acoso de periodistas y fans es lo que ha hecho casi la mitad de su larga vida Jerome David Salinger, autor de la legendaria novela «El cazador oculto» (de la que el 16 de julio se cumplirá medio siglo de su publicación), al punto que lo llaman «el Greta Garbo de las letras americanas». Interesa cómo vive, qué escribe y qué hace porque con sólo esa novela y tres libros de cuentos se convirtió en clásico y en autor de culto.

J.D. Salinger nació el 1 de enero de 1919, hijo de un padre judío y una madre cristiana, y creció en Nueva York como su personaje más emblemático, Holden Caufield, héroe de «El cazador oculto», título de la traducción argentina, y «El guardián entre el centeno», según la publicada en España.

Salinger pasó por escuelas públicas hasta ir, por decisión paterna, a la Academia Militar. Luego de un breve período en la universidades de Nueva York y de Columbia, decidió entregar su vida a la escritura. Sus cuentos comenzaron a aparecer, a partir de 1940, en revistas populares. La intención de ser un escritor profesional se vio cortada al participar EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial, donde fue sargento del ejército. Al regresar había cambiado, y también su forma de narrar. Tenía preocupaciones metafísicas, se había hecho adepto del budismo zen y no despreciaba otros esoterismos (últimamente milita en la cientología) y había avanzado en sus exigencias literarias.

Aun cuando logró comenzar a ver sus cuentos en la prestigiosa revista «The New Yorker», seguía soñando ser famoso conquistando Hollywood con sus obras. La decepción llegó pronto, apenas vio su duro relato
«Uncle Wiggily in Connecticut» convertido por el director Mark Robson y el productor Samuel Godwyn en «My Foolish Heart», un melodrama lacrimógeno con Susan Hayward y Dana Andrews. Fue su primer desengaño y un estímulo para encarar su «lucha personal contra vanidosos y farsantes». Nunca más permitió, a pesar de ser un consumado cinéfilo, que se trasladara una de sus obras al cine. Ni al teatro.

Una leyenda cuenta que
Elia Kazan lo persiguió para que lo autorizara a llevar a escena en Broadway «El cazador oculto». El escritor le contestó: «No puedo, me temo que a Holden (el héroe de su novela) no le gustaría».

Cuando en 1951 apareció
«El cazador oculto», picaresca urbana que narra el pasaje a la adultez de un muchacho que enfrenta las ideas de los mayores, Salinger no intuyó ni su éxito ni cómo se había adelantado a lo que ocurriría poco después. El tema sería clave en películas como «Rebelde sin causa» y crecería hasta estallar en Alemania, México y, sobre todo, en el París de mayo del '68.

Tampoco sospechó que la ética que proponía iba a ser tomada como una ideología por los hippies. Cuando se enteró, el antiguo militar y viejo afiliado al Partido Republicano expresó su rechazo a
«esos jóvenes que no entendieron nada y prefirieron el abismo». Fue una de las pocas veces que hizo pública una opinión política. Nunca se supo qué sintió al leer en los diarios que Mark David Chapman llevaba en el bolsillo de su saco un ejemplar de «El cazador oculto» cuando asesinó a John Lennon (otro adicto a ese libro) y dijo que se sentía identificado con el personaje de la novela.

«El cazador oculto» poco tiene que ver con esas delirantes identificaciones; propone un credo de honestidad rebelde frente a la hipocresía, retrata la sensibilidad de un adolescente inteligente y sarcástico que se siente como un cetáceo en un charco; infinitos adolescentes lo sintieron su par. Su título más literal, «El guardián entre el centeno», es explicado por el protagonista cuando le cuenta un sueño a su hermana: «Veía montones de chicos jugando en un campo de centeno, y yo era el guardián que los cuidaba de que no cayeran en ningún abismo».

«El cazador oculto», sorteando sus manierismos, gusta como peripecia vital; de otro modo no se comprendería que sea un «long seller» que aún vende 300 mil ejemplares al año en todo el mundo, a pesar de las críticas despreciativas de Norman Mailer o George Steiner, entre muchos otros.

Luego del inesperado éxito de su única novela,
Salinger, «para no prostituirse», decidió escapar del mundanal ruido, de la creciente parroquia de lectores y de la persecución de noteros y papa-razzi. Se refugió en un casita de Cornich y construyó un búnker para poder escribir. Así forjó la leyenda del escritor ermitaño, que no dejaría de hacer crecer.

En 1953 una estudiante secundaria logró que le otorgara una entrevista para la página escolar que aparecía semanalmente en el diario «Daily Eagle», pero se publicó en la tapa del diario como «exclusiva». Fue el último reportaje que concedió.

El ahora famoso autor de uno de los mayores bestsellers no hablaba, no publicaba, no se sabía qué hacía, el interés del periodismo creció. «Newsweek», «New York Post», «Time», «Life» y una interminable lista de investigadores fracasaron en la «caza» del «autor contemporáneo más misterioso». Apenas lograron fotografiar el buzón de su casa. Uno de sus amigos dijo:
«Trabaja en lo suyo, lo único que hizo fue eludirlos y construir en su casa una enorme cerca contra marmotas».

El único que logró saber algo charlando con amigos y parientes del escritor fue
Ian Hamilton; fruto de ese trabajo salió en 1988 «En busca de J.D. Salinger», el autor de «Nueve cuentos» lo enfrentó judicial-mente impidiéndole que publicara fragmentos de sus obras.

Acaso
Salinger sabía que Hamilton denunciaba en su ensayo que el aislamiento de Sa-linger era «una operación de marketing del mejor publicitario de sí mismo que se conozca» y que como fanático zen sabe que «el silencio puede hacer mucho ruido».

La última vez que «el escritor oculto» llegó a los diarios fue en 1998, cuando una de sus mujeres (se le contabilizan tres divorcios), la periodista
Joyce Maynard, dio a conocer «Mi verdad» («At home in the world»), libro donde detalla, sin ninguna piedad, cómo fue su año de convivencia con Salinger entre 1972 y 1973, luego de que fuera su maestro en escritura creativa.

El ánimo de venganza de la despechada
Maynard se amplió cuando, al año siguiente, sacó a subasta 14 cartas que le enviara el escritor 27 años antes. El empresario Peter Norton, creador y dueño del software Norton Utilities, las compró por 157 mil dólares, las hizo envolver y se las envió a Salinger a través de su agente literario con la frase: «regalo de un admirador».

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