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2 de mayo 2006 - 00:00

Fue mejor Lope de Vega que Calderón

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La Compañía Nacional de Teatro Clásico de Madrid se despidió de Buenos Aires con un doble programa consagrado al Siglo de Oro, que aunque desparejo, fue cálidamente aplaudido por el público.
«Amar después de la muerte» de Calderón de la Barca. Versión: Y. Pallín. Compañía Nacional de Teatro Clásico de España. Dir.: E. Vasco. Int.: J. Dauder, P. Pedroche, J. Notario, J.L. Santos y elenco. Esc.: J. Hernández. Vest.: R. García Andujar. Ilum.: M.A. Camacho (Teatro Presidente Alvear. )

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Con localidades agotadas, se despidió el domingo la Compañía Nacional de Teatro Clásico de Madrid. El público porteño brindó un cálido aplauso a este doble programa dedicado al Siglo de Oro español que se inició con una atractiva versión de «El castigo sin venganza», de Lope de Vega. Fue un acierto del director Eduardo Vasco ubicar la obra en la Italia fascista de Mussolini, con lo que logró revitalizar los contenidos políticos que rodean a esta apasionada historia de amor.

En cambio, su versión de «Amar después de la muerte» -un texto explosivamente ideológico, si se quiere-sorprendió por la excesiva literalidad con que fue llevada a escena. Su cuidadoso relevamiento historiográfico sumó más colorido a la puesta, pero fue en desmedro del rico juego dramático ideado por el autor.

La obra de Calderón de la Barca se basa en un hecho real, la sublevación de los moros de Granada del año 1567 en contra de las medidas represivas dictadas por Felipe II. Esta política discriminatoria que prohibía la lengua, la religión y la indumentaria árabes culminó en 1609 con la definitiva expulsión de los musulmanes de todo el territorio español. Un cuarto de siglo más tarde, Calderón escribe sobre el tema con inusitada crudeza. La búsqueda de un orden social a través de la homogeneidad política y religiosa es un tema de extraordinaria vigencia en la España de hoy, presionada por las exigencias de sus comunidades autónomas y por el aluvión de inmigrantes magrebíes que llegan ilegalmente a sus costas.

Calderón se ocupó de reivindicar los valores de la cultura árabe. Pero también se mostró partidario de una integración lenta y pacífica que con el tiempo fuese borrando todas las diferencias bajo el decidido paternalismo del Estado español. Su utopía se basa en la asimilación, no en la «limpieza étnica».

«Amar después de la muerte» tiene por héroe a Don Alvaro Tuzaní, un aristocrático jefe moro que ostenta todas las cualidades del caballero español. Su amor por doña Clara Malec, luego asesinada por un soldado del rey, introduce una atractiva veta romántica dentro de este drama bélico en el que abundan las intrigas, los cambios de identidad y todo tipo de coincidencias, como por ejemplo, el descubrimiento del asesino de Clara en circunstancias imprevistas.

El texto de Calderón termina elogiando el piadoso gesto de Felipe II de indultar a los insurrectos luego de la masacre; pero su posición frente a ambos bandos es lo suficientemente ambigua y cargada de matices como para sacar buenos réditos de ella (a nivel dramático, se entiende). La puesta de Vasco, sin embargo, optó por una exposición de los hechos más bien descriptiva. Y a falta de situaciones que involucraran el cuerpo de los actores más allá de sus palabras, hubo varios puntos de la trama que resultaron confusos. Incluso, en varias ocasiones, costó identificar la identidad de algunos personajes.

También las escenas de humor debieron su eficacia a la verba de Calderón, quien creó a un pícaro de antología, Alcuzcuz (su nombre remite al principal plato magrebí), un personaje que aún hoy resulta muy gracioso por sus dificultades con el idioma. El autor le dedica varios chistes xenófobos, entre ellos hacerle decir: «Mahoma manda en su alacrán («el Corán») no beber vino...»; pero el personaje gusta de inmediato, como bien lo pudo verificar el público porteño.

Por último, volvió a deslumbrar el vestuario de Rosa García Andujar y también el buen decir de estos actores que sobrellevaron los sangrientos episodios de este drama con gran destreza y profesionalismo.

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