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2 de noviembre 2006 - 00:00

"Hamaca paraguaya"

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Superadas la extrema lentitud e inacción de los primeros minutos, el film de Paz Encina «Hamaca paraguaya» va ganando el interés del espectador hasta emocionarlo.
«Hamaca paraguaya» ( Par.- Ar.- Fr.- Hol., 2006, habl. en guaraní).Guión y dir.: P. Encina. Int.: R. del Río, G. Genes, voces de J. López, D. Figueredo, B. Blanco.

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Corresponde advertirlo desde el vamos: los primeros quince minutos de esta película son un verdadero desafío para los ansiosos. Un claro en el monte, como si fuera el escenario de un teatro al aire libre, cámara quieta, bastante alejada del lugar de la acción, una pareja de ancianos que aparecen desde el fondo, cuelgan una hamaca, charlan y discuten tonterías, ella cada tanto junta algo del suelo, él ceba un mate, y luego se van.

Uno se pregunta si el resto de la película será así, y, en tal caso, si podrá aguantarlo. Pero ya la siguiente escena se abre en otro lugar, con un tamaño de plano menos alejado (y habrá otro casi enseguida, más cercano), y, particularmente, con otro interlocutor. Que no existe. Que es un recuerdo. Y que duele. Antes, en la única parte de la discusión que pudo parecernos interesante, los dos viejos se preguntaban qué sería de la vida del hijo enviado a la guerra. Si tendría frío de noche, si lo volverían a ver... Ahora vemos al viejo solo, pelando cañas, y oímos el recuerdo de la voz del muchacho. Una voz suave, cordial, de buen hijo despidiéndose, decidiendo que va a cambiarse el nombre para que, si llegara a morir en la guerra, la madre no se entere. Cosas de muchacho, claro, que le quedaron grabadas al padre.

A partir de ahí, no digamos que la película va creciendo. Lo que crece es el interés del espectador,el modo en que va abriendo el corazón, a medida que conocemos a esas dos personas (que no son viejas, sino envejecidas), cada una por su lado, recordando conversaciones, o quizás imaginándolas, y luego discutiendo tonterías de nuevo entre ellas, y otra vez, cada una por su lado, recordando o imaginando conversaciones ya no con el hijo, sino con otras personas, que les dan noticias que acaso convenga ocultar. Pareciera que cada viejo le esconde algo al otro, para que sufra menos.

La guerra es la del Chaco, pero puede ser cualquiera. Ese matrimonio puede ser cualquiera, de cualquier parte. Este habla guaraní. Es muy dulce el guaraní, sobre todo el de zonas rurales, y acá lo oímos sucesivamente mezclado con el canto de los pájaros, de las chicharras, de los grillos. Lo único más o menos discordante son los ladridos lastimeros de una perra, que se oye persistentemente a lo lejos, y que el muchacho dejó al cuidado de sus padres. Ella parece expresar el desgarro que los otros se guardan.

Eso es todo. Cine minimalista, podrá decirse, pero que esta vez llega al alma. Paz Encina, se llama la autora. Willy Behnisch, el director de fotografía. Georgina Genes y Ramón del Río, los intérpretes. Y «Renacer», el tema del maestro Oscar Cardozo Ocampo que se escucha al final, tocado por Berta Rojas.

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