3 de mayo 2001 - 00:00

"Hay que leer a Braden para entender la muerte de Gardel"

Horacio Vázquez Rial.
Horacio Vázquez Rial.
(02/05/2001) Como cada año desde 1986, el escritor argentino residente en España, Horacio Vázquez Rial, visita la Argentina con un nuevo ensayo o una nueva novela. Esta vez vino a presentar, en la Feria del Libro, « Las dos muertes de Gardel», novela basada en la reiterada hipótesis de la identidad uruguaya del cantor.

La obra parte de la investigación histórica del último cuarto del siglo XIX en Tacuarembó, Uruguay, donde ejercía su poder personal y político el coronel Carlos Escayola. Habitado por no más de 200 criollos y unos dos mil extranjeros empleados en la Compañía Minera del Oro con sede en Francia, en medio de un caserío paupérrimo, vivían también cónsules de Italia, España y Francia.

Precisamente, la esposa del cónsul italiano, la bella porteña Juana Sghirla, sus hijas y el coronel Escayola fundaron la prosapia local sobre una historia por demás oscura. Hasta la década pasada, los descendientes de lo que se llamó «el secreto de Tacuarembó» fueron protegidos por un pudoroso silencio, que fue enfrentado cuarenta años atrás por la primera investigadora, Silva Cabrera.

Su tarea fue continuada por Nelson Bayardo, quien dio a Vázquez Rial el producto de una vida de investigación, para que hiciera «La doble muerte de Gardel». Dialogamos con él.

Periodista: ¿Visitó la tumba de Escayola, que usted considera el padre de Gardel?


Horacio Vázquez Rial:
Había visto las fotos, pero estar frente a esa tumba es impresionante...

P.: ¿Cómo surgió su novela sobre Gardel?


H.V.R.:
En 1990, cuando escribí la novela «Frontera Sur», Gardel no podía faltar. Y en ese momento no había otra investigación publicada que la de Silva Cabrera. De modo que incorporé a Gardel como personaje ya con la teoría de los dos Gardel, por las fechas de sus orígenes. El que nació en Francia en 1901, Charles Romouald Gardès, no podía estar cantando en ninguna parte porque era demasiado chico, simplemente. Hace cuatro años, Nelson Bayardo vino a mi casa en Barcelona, me trajo toda su investigación y me dijo: «Hice todo esto; el problema es que no sé escribir. Quiero que lo haga usted». Me lo dio hecho, yo hice muy poquito trabajo de investigación.

P.: La tesis uruguaya es muy resistida, pese a que músicos como De Caro afirmaron que Gardel había nacido en Tacuarembó.


H.V.R.:
Y Osvaldo Soriano, en uno de sus últimos artículos antes de morir, dice: « Hay que aceptar que Gardel es uruguayo». Lo que me interesa es situar a Gardel porque todo en torno a él parece mágico, descolgado. Se ha dicho que hubo un accidente en Medellín. No, no hubo accidente. ¡Había una guerra mundial! El accidente que no fue accidente.

P.: ¿Qué pasó? ¿Cuál fue la relación con el nazismo?


H.V.R.:
Eso está en un libro que acá se tendría que haber traducido hace muchísimos años y nunca se tradujo: «Las memorias de Braden». El, que era el embajador de Estados Unidos en Colombia en esa época, el que después se hizo famoso por aquello de Braden o Perón, cuenta sobre la creación de las empresas de aviación civil alemanas en la zona andina, en Colombia, Ecuador y Perú, como parte del proyecto de guerra. Eran todos aviones muy fácilmente reconvertibles al uso militar, y formaban parte del proyecto de Goering. Braden lo investiga mucho más a fondo porque descubre que la Pan Am tiene dinero puesto en la empresa alemana de Colombia, la Scadta. Ernesto Samper es un piloto pionero, que con dos aviones funda la Sociedad Aérea Colombiana (SACO), en la que viajaba Gardel. A Samper había que sacarlo del medio, porque los alemanes querían el dominio absoluto del aire en Colombia, porque controlaban Panamá, Aruba y, fundamentalmente, Curaçao, de donde salía todo el combustible de la RAF.

P.: ¿En qué lugar de esta historia entra Gardel?


H.V.R.: Braden
tira del hilo en todo esto, pero no en particular sobre el caso de Gardel; sí sobre la rivalidad de esa compañía que se liquida cuando muere Samper. Puedo imaginar muy bien que a Samper lo liquidó un tirador de elite desde fuera del avión.

P.: ¿Gardel no sacó un arma dentro del avión como se dice?

H.V.R.:
No, no creo todas estas historias. Creo en la versión más lógica, a partir de lo que dice Braden: desde cualquier lugar de ese aeródromo muy pequeñito que era Las Playas, disparar desde cierta distancia, a eso que era poco más que un coche y liquidar al piloto, era facilísimo. Pero además... es que a Gardel siempre lo pintan como un tonto. ¿Por qué es un ídolo si es un tonto? Dicen que sacó una pistola en el avión; que es francés, pero resulta que se ocultó para no ir a la guerra. Entonces era un desertor. ¡Qué tipo el que pintan!

P.: Las crónicas de la época dicen que cuando cantó acá, después del campeonato y antes de irse a Estados Unidos, no fueron a escucharlo más de treinta personas.


H.V.R.:
Y en Uruguay tampoco eran generosos con él en aquel momento. En una crónica de la última actuación en el Solís se dice que ya no tiene voz. Y debe ser cierto, porque era un hombre muy mayor. La voz funcionaba pegada al micrófono, pero no en una sala enorme y sin los medios técnicos actuales.

P.: ¿Qué idea se fue haciendo de Gardel durante la investigación?


H.V.R.:
Yo estoy enamorado de Gardel, pero no del Gardel final, sino del esfuerzo que él hace. Ese tipo que en el año '20 pesa 117 kilos, le faltan todas las muelas, es un tipo espantoso, que se «produce» para ser Gardel. Es un fenómeno increíble, hace cosas modernísimas. Salía a correr. Recorría toda la avenida Pueyrredón corriendo para adelgazar, en el '20, cuando la idea del deporte como tratamiento del cuerpo nada tenía que ver con la de hoy. Se inventó todo un tratamiento para él solito. Me parece fascinante. Y todo un engaño, porque ese hombre, el Gardel que cada día canta mejor, ya no podía cantar en un teatro. Funcionaba grabando y en las películas, pero en un teatro era un cantor muy menor. Sin embargo, lograba ser Gardel.

P.: ¿A qué atribuye su mito si para entonces ya se reconocía su decadencia artística?


H.V.R.:
Lo logra porque se muere. Algunos me miran horrorizados cuando digo esto: si a García Lorca no lo hubieran fusilado en el '36, no habría existido el mito Lorca. Con Gardel pasó eso.

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