22 de mayo 2001 - 00:00

Hollywood sigue yendo a la guerra

Afiches de Pearl Harbor.
Afiches de "Pearl Harbor".
A mediados de los años '80 el cine de guerra era asimilado al superhéroe musculoso que exterminaba vietnamitas. «Rambo 2» demostró que ese tipo de «incorrección política» era buen negocio, por lo que aquel intento de Stallone por rescatar soldados americanos prisioneros del enemigo pronto fue imitado por Chuck Norris, con su interminable saga de «Desaparecido en acción», y hasta por actores serios como Gene Hackman, protagonista de «Uncommon Valor» y «Bat 21».

Algunas variantes más interesantes no tuvieron demasiado eco: en «Firefox», Clint Eastwood imitaba la vieja «Cortina rasgada» de Hitchcock, y en «Los jóvenes defensores» John Milius imaginaba una invasión soviético-cubana a los Estados Unidos. La aparición de «Pelotón» no sólo ubicó a Oliver Stone entre los directores más importantes del Hollywood de la época, sino que volvió obsoleto a Rambo y detonó una larga serie de films muy críticos acerca de Vietnam, como «Nacido para matar» de Kubrick o «Pecados de guerra» de Brian De Palma. Para la época en la que nadie se animaba a decir que había ido a ver «Rambo 3», Robin Williams pasaba música pop en la radio de «Buenos días Vietnam», uno de los últimos films exitosos sobre aquella guerra.

En los '90, Hollywood empezó a abandonar Vietnam, pero no se animó a abordar frontalmente la Guerra del Golfo (uno de los pocos films sobre el tema en atraer al público, «Tres Reyes» era una comedia negra que llegó casi una década más tarde. Suponiendo que el público ya hacía demasiado tiempo que no podía identificarse con un conflicto bélico, los productores se conformaron con el estereotipo generalizado del villano árabe en todo film de acción (como la taquillera «Mentiras verdaderas»).

Pero en el apogeo de la era Clinton aparecieron dos tipos de conflictos que acapararon toda la atención: Spielberg decidió revisar la Segunda Guerra Mundial y el horror nazi en «La lista de Schindler» y «Rescatando al soldado Ryan», mientras que el alemán Roland Emmerich sacudió el box ofice con el ambiguo mensaje belicista de la gesta antimarciana «Día de la Independencia».

Una contracara mucho más inteligente y corrosiva del patriotismo antialien fue la sátira del fascismo «Invasión» de Paul Verhoeven. La excelente comedia con aliens malísimos de Tim Burton, «Marcianos al ataque» tampoco fue un gran negocio. Lo irónico de «Día de la Independencia» era que, mientras se utilizaba un clima épico de luchar por el american way of life, la escena más festejada en los cines era la de la destrucción de la Casa Blanca.

En cambio, un film incomprensible como la fallida película de juicio militarista de William Friedkin, «Reglas de combate», justificando el asesinato de civiles árabes por un marine, no interesó a nadie.

Pearl Harbor

La mayor parte de los clásicos del género siempre jugaron alguna función en un panorama socio-político específico. Las batallas medievales diseñadas por Eisenstein en «Alejandro Nevsky» tenían una contundente función en la URSS de 1938, tanto para glorificar la figura de Stalin como para arengar al pueblo soviético a una guerra en la que morirían por millones. Hacia fines de los años '60, la menos afortunada «Los Boinas Verdes» de John Wayne intentaba vanamente convencer al desencantado público norteamericano de la imperiosa necesidad de seguir arrojándole napalm a los vietnamitas.

Ahora, el film más caro y publicitado del año es una megaproducción de Disney llamada
«Pearl Harbor», con el presupuesto inicial más alto de la historia del cine (145 millones de dólares), que vuelve a recrear el ataque japonés que detonó la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Cuatro mil fueron las bajas americanas por el traicionero ataque perpetrado en diciembre de 1941. Cinco millones fueron los dólares necesarios para la avant premiere con 2000 invitados especiales, que se hizo el pasado jueves a bordo del portaaviones USS John Stennis.

La idea de que un portaaviones se convierta en sala de cine, cambiando los misiles por proyectores y las balas por pochoclo, casi parece salida de la más melosa fantasía pacifista de los tiempos del flower power. Como en este momento no hay una guerra para descargar un arma de celuloide en la que se invirtieron más de 100 millones, los analistas del show business no ven en Pearl Harbor otra cosa que una galera mágica en la que entra un sentimiento patriótico y sale transformado en una pepita de oro.

Desde el punto de vista del negocio,
«Pearl Harbor» parecería una combinación exacta de la clásica tragedia melodramática al estilo «Titanic», con un triángulo amoroso que se resuelve en medio de una situación violenta, fatídica e inesperada, con la nueva generación de films bélicos llenos de violencia gráfica y efectos digitales surgidos a partir de «Rescatando al soldado Ryan».

Pero la evolución tecnológica implica a veces otras involuciones: el ambicioso film sobre el Día D que precedió al de
Spielberg, «El día más largo del siglo», producción de Richard Zanuck que tuvo un director americano (Andrew Marton), uno inglés ( Ken Annakin) y uno alemán ( Bernard Whicki), tenía climas más oscuros, desalentadores y pesimistas, sin nada parecido a la arenga final del personaje de Tom Hanks en «Rescatando al soldado Ryan».

En medio del frenesí marketinero de
«Pearl Harbor», el estudio hizo una serie de envíos especiales de «Millonaire» sobre Pearl Harbor, con Ben Affleck y veteranos de guerra invitados para potenciar mutuamente sus dos números fuertes. Lamentablemente, varios de los veteranos que debían estar en los programas son congresistas, y la comisión de ética del Senado vetó su participación, explicando que aun cuando los premios en efectivo se destinen a instituciones benéficas, ningún senador estadounidense puede participar en una competencia con premios en efectivo.

Beligerante

El detalle que acentúa los factores atípicos de este film es un argumento que no termina con el ataque japonés a Pearl Harbor, sino varios meses más tarde en el tiempo, en abril de 1942 con el primer bombardeo americano sobre Tokio (que dio lugar al clásico de propaganda bélica «30 segundos sobre Tokio» de Mervin LeRoy).

De antemano, este final convertiría a
«Pearl Harbor» en una película de guerra beligerante realizada en tiempos de paz. Una película tan rigurosa como «Tora Tora Tora» de Richard Fleischer, Kenki Fukazaku y Toshio Masuda de 1970 fue un fracaso comercial por animarse a revisar la historia: el ejército americano no estaba preparado, y los oficiales japoneses se sentían deshonrados por los diplomáticos que no declararon la guerra antes de su ataque.

Aquel film no sólo tenía dos codirectores japoneses, sino que también era una coproducción de la Fox con los estudios Toei y la mitad de la película estaba hablada en japonés. Incluso la comedia de
Spielberg «1941», que se burlaba del chauvinismo americano que siguió a Pearl Harbor, jamás recuperó su altísima inversión.
El guión de
Edgar Wallace («Corazón valiente», «El patriota») le permitiría a Michael Bay no dejar que el público se vaya a casa con el sabor de la derrota, y en cambio asistir a una venganza con el desenlace del bombardeo a Tokio.

Quizá la idea de marketing de
«Pearl Harbor» sea combinar el fervor belicista fantasioso de «Día de la Independencia» con bastante del tono trágico romántico de «Titanic», en medio de un episodio histórico lo bastante importante como para que interese mínimamente a la generación que creció con MTV y Las Tortugas Ninja. Si «Pearl Harbor» se transforma en una victoria o si sigue siendo una derrota, es algo que se sabrá con certeza la semana que viene.

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