18 de diciembre 2002 - 00:00

Humor ingenuo que refleja la realidad

La prudencia
"La prudencia"
«La prudencia», de C. Godbeter. Dir.: C. Godbeter. Int.: F. Noy, E. Santoro, M. Urdapilleta (Teatro Bar Tuñón)

Como los dos personajes de «Delirio a dúo» o «Amadeo», de Ionesco, las dos amigas de la pieza de Claudio Godbeter, «La prudencia», se atrincheran en un departamento para defenderse del horror que viene de afuera, una conducta que hoy en día se ha transformado casi en hábito, modificando en parte nuestro estilo de vida. Resulta poco menos que imposible imaginar el ritmo que se vivía en esta ciudad hace algunos años, cuando las librerías de viejo estaban abiertas toda la noche, y caminar por Lavalle en un fin de semana era como desplazarse por el microcentro los días hábiles.

Godbeter
maneja bien el suspenso y construye los diálogos con un estilo coloquial y ameno que no cae nunca en lo obvio ni en la grosería. Todo es creíble, y debajo de la comicidad de las situaciones subyacen el temor y la falta de sentido de una vida que apenas puede tildarse de supervivencia. Aunque dista de ser naturalista, la obra refleja la realidad cotidiana y lanza algunos alfilerazos contra los criminales de guante blanco que no corren peligro de terminar en la cárcel, sin caer en el facilismo panfletario.

Godbeter
acierta también en la dirección, midiendo impecablemente los tiempos y las pausas, y bordando las acciones con detalles mínimos pero enriquecedores.

Haber elegido actores para desempeñar dos de los papeles femeninos, transforma la obra en un divertimento y le quita ferocidad. Eso también hace que el peso de la pieza recaiga especialmente en María Urdapilleta -un prodigio de frescura, gracia y espontaneidad-, porque su personaje resulta el más creíble.

Aunque, como lo indica el título, la prudencia evita que Fernando Noy y Eduardo Santoro caigan en lo caricaturesco, sus caracterizaciones responden a un criterio del absurdo que es contraproducente, porque como en las piezas de Ionesco, el absurdo no está en lo estrafalario de los personajes, sino en el modo en que viven, aceptando como normales situaciones que bordean el delirio.

El resultado es un espectáculo ingenuo que permite, sin embargo, descubrir posibilidades más ricas, aunque más angustiosas, si se renuncia a optar por la risa.

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