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Eterno, fundamental, referente que terminó por ganarse el lugar que merecía. Y ya no tiene importancia si su música era o no tango -aunque los estudios más serios lo asocian indiscutiblemente al género más representativo de Buenos Aires- si está bien ubicado en el mundo de la música popular o en los ciclos de jazz o de música clásica. Astor Piazzolla es, a esta altura de la historia, uno de los puntos más altos de la música de nuestro país y un nombre que nos identifica en todo el mundo. En Argentina, aunque admirado por muchos de sus colegas (algunos, sin llegar a reconocerlo públicamente), nunca logró ser un artista masivo, aunque tocara con regularidad. En Europa y los Estados Unidos, en cambio, pudo hacerse un espacio en prestigiosas salas de conciertos y en festivales que lo tuvieron permanentemente como estrella invitada. Y, ya fallecido, su figura se ha agrandado aún más. Justamente durante una de sus estadías europeas, Piazzolla grabó en vivo, en su debut en Roma, este disco que ahora tiene su reedición. Entonces, tocó con su bandoneón y al frente de un noneto de lujo, conformado por Antonio Agri y Hugo Baralis en violín, Néstor Panik en viola, José Bragato en cello, Osvaldo Tarantino en piano, Oscar López Ruiz en guitarra, José Correale en percusión y Kicho Díaz en contrabajo.
El repertorio incluye muchas de sus obras más representativas: «Fuga y misterio», «Buenos Aires hora 0», « Vardarito», «La muerte del ángel», «Tristeza de un Doble A», «Verano porteño» y «Adiós Nonino». Pero hay, además, otras piezas antológicas, que injustamente, se han escuchado mucho menos, como «Zum», «Preludio nueve», «Divertimento nueve» y «Mufa 72».
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