25 de mayo 2001 - 00:00

Inexpresiva como sus personajes

Se expande en estos tiempos una especie de cine minimalista, muy prestigiado por algunos esnobs, sobre jóvenes absortos en la rutina sin corazón ni sonrisas de la seca ciudad, por donde transitan con cara de disgusto, incomunicados, insatisfechos e íntimamente inaccesibles. Tienen compromisos, hacen gimnasia sexual, con lo que se llama sexo ocasional, pero en el fondo son como ostras. Y las películas que los registran son tan asépticas y de apariencia tan insípida como esos personajes. Para más datos: en comparación, la más aburrida de Michelangelo Antonioni es como un paseo por Disneylandia. De todos modos, no se le pueden negar méritos al taiwanés Ming-liang Tsai, ya que, puesto en ese estilo, el hombre lo cumple rigurosamente, y hasta con ingenio y cierta audacia. El plantea un curioso triángulo imperfecto, nunca cerrado, entre una vendedora inmobiliaria, un vendedor callejero y un muchacho medio indefinido (más bien indeciso) que invade los departamentos en oferta para dormir, bañarse y lavar la ropa en el hidromasaje. Nada se dice, nada se discute. Los diálogos son mínimos, las situaciones son levemente risueñas, coherentemente los lugares son limpios, despojados e inexpresivos, música de fondo no hay, los tres jóvenes son relativamente distantes, y la cámara también es relativamente distante...salvo al final. Al final, uno de los personajes más fuertes afloja. Su llanto, inesperado, intempestivo, pero lógico, es (volviendo a la comparación inicial) casi como la reacción última del protagonista de "El grito", de Antonioni. Pero ahí, cuando de veras empezamos a interesarnos en esa persona, se termina la película.

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