27 de abril 2007 - 00:00

Inquieta Miller con su mohicano urbano

BetrizSpelzini yAlejandroAwada en«El últimoyankee» deArthur Miller,una obravaliosasobre lacrisis delindividuo.
Betriz Spelzini y Alejandro Awada en «El último yankee» de Arthur Miller, una obra valiosa sobre la crisis del individuo.
«El último yankee» de A. Miller. Dir.: L.Yusem. Int.: A. Berdaxagar, A. Awada, B. Spelzini, A. Barbero y N. Quesada. Mús.: C. Candia. Esc.: N. Laino. Vest.: G. A. Fernández. Ilum.: A. Le Roux. (Teatro «Regio».)

Arthur Miller nació y vivió en Nueva York pero, a diferencia de Woody Allen, nunca recurrió al psicoanálisis para hablar de la neurosis de sus contemporáneos. Ni siquiera tratándose, como en este caso, de dos mujeres depresivas (internadas en un hospital público) y con maridos que van a visitarlas sin poder entender cómo llegaron a ese estado.

A Miller siempre le interesó la gente común, no los intelectuales de Manhattan siempre prontos a psicoanalizarse. Por eso los protagonistas de sus obras son, en general, seres marginados, oprimidos o amenazados por el sistema que tienden a idealizar su pasado o a dejar diluir sus vidas perdidos entre sueños.

«El último yankee» habla del quiebre del individuo ante las exigencias de un ideal de nación algo desmesurado, la imposición de un modelo socioeconómico que no termina de comprender y la inevitable carga de los mandatos familiares. Ese hombre -anacrónico, en muchos aspectos- es Leroy, un eximio carpintero que sobrevive a duras penas por no animarse a pelear el precio de su trabajo.

Leroy ama a la naturaleza, adora a sus siete hijos y disfruta estudiando banjo, pero es demasiado orgulloso para exteriorizar sus reclamos. Parte de su karma es que desciende de Alexander Hamilton (prócer de la independencia norteamericana, e íntimo amigo de George Washington). Su mujer lo sigue amando, pero no soporta su falta de ambición económica. En el fondo, lo ve como un fracasado, y no lo puede evitar, puesto que ella misma ha padecido, junto con sus hermanos, las exigencias de una madre «perfecta».

Luego de quince años de atiborrarse con psicofármacos, Patricia tiene una especie de revelación mística que la impulsa a dejar las pastillas para recuperar su lucidez. Sólo Beatriz Spelzini podía darle a esta hija de inmigrantes suecos, la coherencia y profundidad necesarias. La actriz es una experta en personajes devastados y suele transitar con notable naturalidad todas las gamas del dolor. Aquí cuenta, además, con diálogos muy ácidos y situaciones humorísticas que facilitan su lucimiento.

Alejandro Awada, por su parte, le brinda a Leroy una interesante cuota de tozudez, rebeldía y sensualidad, sobre todo en las escenas del reencuentro con su esposa: un inquietante tira y afloje entre el ardor de él y la reticente fragilidad de ella. En el hospital, Patricia ha hecho amistad con Karen, una paciente recién ingresada, aunque con muchas menos perspectivas de cura. Las conversaciones entre ambas no tienen desperdicio. El despiste que envuelve a sus diálogos tiene que ver en parte con la medicación, y otro tanto con la personalidad de Karen, una mezcla de tontera, fantasía e infantilismo que la convierten en una suerte de Gelsomina «a la americana» gracias a la magnífica composición de Alicia Berdaxagar.

El marido de esta pobre mujer es un empresario poderoso y lleno de soberbia y egoísmo, que no ahorra comentarios racistas y desprecia a quienes no están a su nivel. Este papel, a cargo de Aldo Barbero, de imponente presencia y fuerte vozarrón, es el equivalente opuesto a Leroy. Ambos comparten, al comienzo, un vibrante duelo verbal, en donde se barajan varios temas caros a Miller, algunos de orden cívico y laboral, otros directamente relacionados al malestar de sus mujeres (¿habrá gravitado el recuerdo de sus dos primeras esposas, entre ellas Marilyn Monroe?)

La obra abunda en anécdotas y en conversaciones que van y vienen por distintos tópicos sin ocuparse a fondo de la trayectoria existencial de sus personajes. Es una pieza menor en relación a otros textos de Miller («La muerte de un viajante», «Panorama desde el puente») pero no deja de tener encanto su estrategia de mostrar apenas un momento de la vida de estos matrimonios y dejar algunos datos biográficos sin completar, o bien, pendientes de explicación.

La puesta de Laura Yusem disimula baches e imprecisiones mediante un hábil entramado de vínculos, un manejo del espacio siempre atento a subrayar contenidos y el compromiso físico y emocional de los actores.

La escenografía de Norberto Laino y las luces de Alejandro Leroux crean un espacio de gran atractivo plástico, más ligado a la subjetividad de las protagonistas que a las típicas instalaciones hospitalarias, siempre de una sordidez glacial. El vestuario de Gabriela Fernández refuerza la referencia a Norteamérica en los hombres y aporta bellos colores a la indumentaria femenina. Esta es una de las últimas piezas que escribió Miller. Fue estrenada en 1993 y vale la pena conocerla.

Dejá tu comentario

Te puede interesar