27 de abril 2007 - 00:00
Inquieta Miller con su mohicano urbano
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Amor más allá de la muerte y sátira laboral en "Un fantasma a su servicio"
Betriz
Spelzini y
Alejandro
Awada en
«El último
yankee» de
Arthur Miller,
una obra
valiosa
sobre la
crisis del
individuo.
Alejandro Awada, por su parte, le brinda a Leroy una interesante cuota de tozudez, rebeldía y sensualidad, sobre todo en las escenas del reencuentro con su esposa: un inquietante tira y afloje entre el ardor de él y la reticente fragilidad de ella. En el hospital, Patricia ha hecho amistad con Karen, una paciente recién ingresada, aunque con muchas menos perspectivas de cura. Las conversaciones entre ambas no tienen desperdicio. El despiste que envuelve a sus diálogos tiene que ver en parte con la medicación, y otro tanto con la personalidad de Karen, una mezcla de tontera, fantasía e infantilismo que la convierten en una suerte de Gelsomina «a la americana» gracias a la magnífica composición de Alicia Berdaxagar.
El marido de esta pobre mujer es un empresario poderoso y lleno de soberbia y egoísmo, que no ahorra comentarios racistas y desprecia a quienes no están a su nivel. Este papel, a cargo de Aldo Barbero, de imponente presencia y fuerte vozarrón, es el equivalente opuesto a Leroy. Ambos comparten, al comienzo, un vibrante duelo verbal, en donde se barajan varios temas caros a Miller, algunos de orden cívico y laboral, otros directamente relacionados al malestar de sus mujeres (¿habrá gravitado el recuerdo de sus dos primeras esposas, entre ellas Marilyn Monroe?)
La obra abunda en anécdotas y en conversaciones que van y vienen por distintos tópicos sin ocuparse a fondo de la trayectoria existencial de sus personajes. Es una pieza menor en relación a otros textos de Miller («La muerte de un viajante», «Panorama desde el puente») pero no deja de tener encanto su estrategia de mostrar apenas un momento de la vida de estos matrimonios y dejar algunos datos biográficos sin completar, o bien, pendientes de explicación.
La puesta de Laura Yusem disimula baches e imprecisiones mediante un hábil entramado de vínculos, un manejo del espacio siempre atento a subrayar contenidos y el compromiso físico y emocional de los actores.
La escenografía de Norberto Laino y las luces de Alejandro Leroux crean un espacio de gran atractivo plástico, más ligado a la subjetividad de las protagonistas que a las típicas instalaciones hospitalarias, siempre de una sordidez glacial. El vestuario de Gabriela Fernández refuerza la referencia a Norteamérica en los hombres y aporta bellos colores a la indumentaria femenina. Esta es una de las últimas piezas que escribió Miller. Fue estrenada en 1993 y vale la pena conocerla.



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