«Fuego en Casabindo», ópera de V. Maragno. Con L. Garay, P. Gutiérrez, C. Duarte, L. Ramos Mañé, A. Jáuregui Lorda, L. Estévez, M. Pichot, G. Centeno y otros. Régie: A. Tantanian. Esc.: O. Puppo y J. Pastorino. Vest.: M. Polski. Ilum.: J. Pastorino. Dir. Coro: A. Balzanelli. Dir. Orquesta Estable del Teatro Colón: C. Calleja. (1°/6, Teatro Colón, Función de Gran Abono.)
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Esta ópera argentina está basada en la breve novela de Héctor Tizón, y es la cruda narración de uno de los tantos combates de nuestra historia, pero no de independencia, sino de aquellos que se libraron para despojar a los aborígenes de sus tierras. El combate de «Fuego en Casabindo» transcurre en la localidad de ese nombre en Jujuy, cercana a la Quebrada de Humahuaca, y describe «un mito que enseña que, cuando se entabla un combate y uno de los contrincantes muere, la víctima y el matador deben reconciliarse antes de que el cuerpo se enfríe y el alma huya».
Tratándose de un texto polifónico, fue natural que ejerciera un poderoso atractivo sobre el respetado compositor Virtú Maragno, fallecido el 24 de febrero último. Haciendo la necesaria abstracción sobre cuánto puede gustar esta ópera a sectores del público, es lícito admitir que está muy bien escrita. La experiencia de Maragno con los corales y la enseñanza del contrapunto se consagran en este estreno póstumo.
• Coro
El Coro es un puntal de la ópera, el espectador lo espera como un elemento esencial, declamando dolorosas afirmaciones, como «la Puna es una tierra hueca como un bombo», o reconociendo que caminan en «este suelo sin amparos», o preguntándose retóricamente «¿quién puede saber cuál es la vida de un alma?».
La música es valiosa, cargada de simbolismos y motivos que identifican a cada personaje; la instrumentación es sólida, sin folklorismos, excepto una baguala que se insinúa con timidez, con esa mesura característica de los coyas.
La Orquesta hizo una encomiable labor, y al director Carlos Calleja se lo percibió compenetrado con la partitura y sus mínimos detalles sonoros, que abordó con sutileza. El final, con la conmovedora canción de cuna para un niño ciego, es una obra maestra, que Lucila Ramos Mañé cantó con elocuencia e inocultable emoción, coronando una actuación intensa y de presencia casi permanente.
Intimidad dramática y voz bien timbrada fueron los aportes de Patricia Gutiérrez como la Cruceña; Doroteo, el coya cobardemente asesinado y cuya «alma en pena» persigue a su asesino hasta enloquecerlo, es una dura prueba para el tenor Carlos Duarte, de la que sale airoso; el barítono Luciano Garay encarna al Mayor López, muy bien vocalmente, y superó la difícil bipolaridad de conducta que impone el personaje. La niña Carolina Bardas dio un toque de ternura con su canto y su presencia. Todo el elenco en el grado de seriedad que el respetuoso compromiso requiere.
La escenografía se asienta en el escenario giratorio, con generosa iluminación y tórridos cielos en el fondo, logrando crear un clima entre onírico y esotérico.
Dejá tu comentario