2 de julio 2019 - 00:00

Jean-Michel Othoniel: desafiar con belleza la patrulla estética

Auténtico desafío en tiempos del gobierno de lo conceptual (con la cultura ganada por la izquierda en el mundo), sus obras fueron "bendecidas" por un matemático y sólo así obtuvieron un pasaporte.

Othoniel. Cuando el matemático Aubin Arroyo les encontró similitud a sus fórmulas, su obra obtuvo el visto bueno de las patrullas del arte.
Othoniel. Cuando el matemático Aubin Arroyo les encontró similitud a sus fórmulas, su obra obtuvo el "visto bueno" de las patrullas del arte.

En el CCK se acaba de inaugurar “Nudos salvajes”, una muestra con veinte esculturas de gran formato del francés Jean-Michel Othoniel, artista que sorprende con la exhibición desprejuiciada de la belleza. La ostentación de lo bello se considera un pecado en los circuitos del arte actual y, sobre todo, en Francia. Othoniel vive hoy en Japón, donde, por el contrario, se estima a la belleza como un paso adelante en el camino hacia la perfección. En la Argentina el tema no es novedad y, sin duda, la muestra despertará interés. Las obras de los argentinos Leo Battistelli y Román Vitali tienen un parentesco cercano con la del francés. La polémica que aquí despertó la belleza en los años 90 recién se acallaría al promediar la primera década del nuevo siglo, con el triunfo de las vertientes del arte politizado y conceptual.

Othoniel descubrió en Venecia la técnica del vidrio soplado y desde 1993 produce sus obras con artesanos de diversos lugares del mundo, donde encuentra más atractivo y sensual el color. Luego, la seducción del acabado espejado la logra con el pulido manual. Este procedimiento diferencia sus esculturas del espejado sobre metal, un producto industrial del estadounidense Jeff Koons, aunque la apariencia es similar.

Con sus cuentas de colores ensartadas en inmensos collares, el francés comenzó en 2008 a diseñar las variantes de los nudos. En 2015, el matemático mexicano Aubin Arroyo encontró las esculturas en internet y sorprendido frente al notable parecido con las imágenes de sus fórmulas, le reveló al francés su teoría sobre los nudos salvajes. La obra pegó entonces un giro gigantesco. El encuentro resultó providencial. Los bellísimos nudos poseen ahora el soporte conceptual imprescindible para recibir el visto bueno de quienes legitiman el arte. Curada por Gabriela Urtiaga, del CCK, y Hélène Kelmachter, como invitada, la muestra reunió al artista y al matemático en Buenos Aires.

Arroyo explicó su teoría del “nudo salvaje”, que implica la reproducción de las imágenes de las esferas reflejadas unas en otras al infinito. Hay una sala donde las grandes cuentas de colores se levantan sobre bases espejadas y la multiplicación provoca un vértigo visual que se vuelve hipnótico. La belleza se torna irresistible y tiende a tocar el límite que marca Rainer María Rilke cuando dice: “La belleza no es sino el nacimiento de lo terrible; que apenas soportamos y si lo admiramos es porque rehúsa con desdén a destruirnos”. Othoniel expresa que, por poderoso que sea el soporte teórico, el temor de caer en lo meramente decorativo y banal subsiste. En esta sala, la experiencia estética permite imaginar el llamado síndrome de Stendhal. El escritor cuenta que en Florencia, abismado ante la belleza del arte y el éxtasis sufrió un vahído. Así, finalmente, concluye que la belleza es una promesa de felicidad.

Si se retoma la mención inicial sobre la destronada belleza del arte argentino, vale la pena subrayar el abismo que separa el despliegue de reflejos y resplandores del francés, formado en la capital de la sofisticación y el lujo, de los juguetones motivos ornamentales de los artistas locales, signados por la precariedad, no sólo material sino además, teórica. Othoniel le brinda un valor crucial a la teoría, e insiste: “Los nudos también están ligados a las teorías psicoanalíticas de Jacques Lacan y a su definición de la articulación entre lo real, lo simbólico y lo imaginario”.

¿Será preciso cuestionar el lugar que ocupa la belleza? Kant justificaba el “goce subjetivo”, un placer que denominó “desinteresado” porque no lo condiciona la moral, el conocimiento o la utilidad. Con esta inspiración nació la experiencia tan argentina “belleza y felicidad”. En la década del 90, Arthur Danto sostenía que la belleza, a diferencia de otras cualidades estéticas, “es un valor”, tiene ese estatus.

Para reconocer algunas afinidades y diferencias entre la belleza que exhibe Othoniel y la del arte argentino, basta cruzar al Museo Colección Fortabat para ver “Tácticas luminosas”. Allí están algunas artistas que integraron la Galería del Centro Cultural Rojas, Elba Bairon, Graciela Hasper, Alicia Herrero, Magdalena Jitrik, Fernanda Laguna, Ana López, Ariadna Pastorini, y Cristina Schiavi. Pero, si bien se pueden rastrear los rasgos de la belleza, a tono con los tiempos que corren la convocatoria responde al hoy inexorable tema del género. Entretanto, el artista argentino que más se acercó a una definición del espíritu de los años 90 fue Tulio de Sagástizabal. Lo denominó “indolencia” y explicaba que Baudelaire adoptó cierta languidez como forma de resistencia al mundo utilitario que impone “el progreso”. “Esa indolencia no es un acto ordinario de indiferencia, supone un acto lucido y provocador, crítico si se quiere, descreído siempre, del paradigma de la sociedad eficaz y pragmática. En la indolencia hay siempre un elogio secreto al dulce placer del desorden”.

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