5 de junio 2001 - 00:00

Jérome Savary: "El Colón debería viajar al mundo"

Jérome Savary: El Colón debería viajar al mundo
Nació en Buenos Aires, pero ya a los cuatro años su madre lo llevó a París. Jérome Savary, desde entonces, divide su vida entre la Argentina y Francia. También estuvo de muy joven en los Estados Unidos, donde conoció y trabajó con Lenny Bruce y Thelonious Monk. Vinculado al grupo de exitosos argentinos en Francia, como Jorge Lavelli y Copi, Savary, uno de los registas de teatro y ópera más importantes de los últimos decenios, fue durante varias temporadas director general del Teatro Chaillot y ahora lo es de la Opera Comique.

Savary regresó al país para poner en escena las actuales representaciones de «Los cuentos de Hoffman» en el Teatro Colón (ver vinculada), donde aún se recuerda su revolucionaria puesta del «Macbeth» de Verdi hace algunas temporadas. Dialogamos con él.

Periodista: Así que ahora es director de la Opera Comique de París.

Jérome Savary: Se cumple así un viejo sueño mío. Ya había dirigido durante doce años el Theatre de Chaillot, que ahora lo conduce un argentino amigo que se llama Ariel Goldenberg. El peligro de pasar demasiados años en un puesto número uno es el de que uno se convierta en una estatua; así, cuando me enteré de que se buscaba al director de la Opera Comique me ofrecí, porque para mí es una sala mitológica. Ahí se crearon « Los cuentos de Hoffmann», se estrenó « Carmen» y fue un escándalo, la crítica dijo que era una ópera pornográfica, y que la música parecía indochina. Es un teatro de insolencia donde se presentaban óperas bufas y cosas muy serias como « Pélleas et Melissande», y yo soy director ahí, trabajo en la oficina donde lloró Offenbach y se quejaba Bizet. Para mí es la consagración de director de teatro, y sin dejar la régie.

P.: ¿Y las cosas son más fáciles allí?

J.S.: No, no crea que faltan problemas. El Estado francés retaceaba la subvención para impulsar la Opera Bastille, así que cuento con lo que entra por boletería, y hago milagros, y para llenar la sala doy comedias musicales y operetas, y con lo que gano puedo armar cada tanto una noche lírica.

P.: ¿Los franceses no cuestionan que sea extranjero?

J.S.: Tengo doble nacionalidad, argentina y francesa; yo nací acá, pero allá importa la capacidad para hacer las cosas. Mi padre era escritor, de ideas pacifistas, completó dos o tres libros; mi madre era una millonaria franco-norteamericana, y mi padre le gastaba la plata. En 1936 fueron a EE.UU. y no les gustó; pasaron a México, donde compraron una estancia, tampoco les gustó, y siguieron bajando hasta comprar un campo en Bariloche y otro en Córdoba; al final se divorciaron, antes nací yo aquí en Buenos Aires. Los primeros siete años de mi vida fueron en Ascochinga, después volvimos a Francia y regresé aquí a los 20 años para hacer el servicio militar, y eso que estaba estudiando en Nueva York. Después me casé con una venezolana; ahora estoy casado con una cubana y tuvimos un bebé hace tres semanas.

P.: ¿Cómo encuentra el nivel artístico aquí?

J.S.: Me gusta mucho lo que se hace en el Centro en Experimentación, el «Mahagonny» que puso Marcelo Lombardero, la música de Gerardo Gandini. Y las tres cantantes para la ópera son sensacionales, veré si me los puedo llevar a todos a París; el Festival de Tango allá fue un gran éxito, pero hay que mostrar esta otra faceta. Me dio pena ver al Colón que se cae a pedazos, pero ahí dentro hay enormes talentos y mucha voluntad. Debiera existir una compañía que represente al Colón y salga a mostrarse por el mundo.

P.: ¿Y respecto de «Los cuentos de Hoffmann»

J.S.: Soy amante de la obra de Offenbach; para mí es un ejemplo comparable a Molière o Shakespeare; era un creador completo. He montado «La vie parisienne», «La bella Helene», «La Perichole», y hasta una ópera feérica que se llama «Un viaje a la luna», que es muy interesante. En cuanto a «Hoffmann», el compositor murió antes del estreno y no pudo disfrutar del reconocimiento como compositor serio. Yo lo veo muy moderno, con modos contemporáneos y melodías extraordinarias. El libreto no es racional, explora el subconsciente, por lo tanto es una ópera «freudiana». Del mismo
modo, para mí Shakespeare inventó el psicoanálisis y Freud sólo escribió la teoría. Esta ópera no hay que montarla siguiendo una fórmula lógica y precisa, es la serie de frustraciones de un «Don Giovanni», y que con los vapores del alcohol le surgen los recuerdos, como en la secuencia «Kleinzach» que resume el estilo de la obra, con ese ritmo alegre tapado por la ola del romanticismo.

P.: ¿Cómo trabajó el personaje de la muñeca Olimpia?

J.S.: Hice la obra el año pasado en la ópera de Orange y fue muy elogiada. Presento a la mu-ñeca y, cuando todos están fascinados con ella, sale una segunda muñeca, que es su espíritu, y solamente Hoffmann la ve, pero como una viva idealización; detrás, hay inmensas muñecas que son muy graciosas y hacen reír. En la «Barcarola» pongo agua en el escenario, un lago, en él tres niñas que juegan con góndolas. No quise hacer lo de siempre, una reproducción cara de Venecia, aquí las máscaras son fantasmagóricas, como salidas del infierno. Es muy simple y despojada toda la puesta; hay un escenario vacío que cobra acción con la gente que ingresa, en el aire pájaros extraños, murciélagos y máscaras, como una puesta al aire libre. Menos mal que se me ocurrió así, porque como en el Colón ahora no hay director técnico es muy difícil trabajar.

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