11 de julio 2006 - 00:00

Jesús Soto: de la geometría sensible al arte cinético

Jesús RafaelSoto sosteníaque lafunción delarte esestimular lareflexión,aunque, paraello, «elartista tengaque recurrir amediossensoriales»,y toda suobra planteóesadisyuntiva.
Jesús Rafael Soto sostenía que la función del arte es estimular la reflexión, aunque, para ello, «el artista tenga que recurrir a medios sensoriales», y toda su obra planteó esa disyuntiva.
"La obra de arte debe ser capaz de suscitar emoción en quien la contempla, pero eso no quiere decir que ella deba nacer de una situación emotiva. Si tiene un origen, ése es el pensamiento, el rigor, la lógica de la investigación artística. El arte no es expresión, el arte es conocimiento", sostuvo Jesús Rafael Soto cuya muestra «Visión en movimiento» se presenta en la Fundación Proa, que dirige Adriana Rosenberg (una de los seis miembros del Comité que dirige el Museo de Bellas Artes desde el viernes pasado con la Asociación de Amigos hasta que se llame a concurso público). Organizada por el Museo Tamayo Arte Contemporáneo, la exposición fue realizada con la curaduría de Tatiana Cuevas y Paola Santoscoy (México) y la coordinación local de Cecilia Rabossi.

Soto (Venezuela, 1923-París, 2005), fue uno de los fundadores de la estética neoconstructivista, a la cual aportó una muy particular contribución de perfiles únicos. Ello es posible admirar en el museo de su ciudad natal, en Ciudad Bolívar.

Postuló la existencia de dos realidadesdistintas del Universo: una, material, inteligible; otra, inmaterial, sensible. El arte fue, para él, no la expresión sino el conocimiento de esa realidad sensible de lo inmaterial. Por eso sostuvo que la función de toda obra de arte es estimular la reflexión y, en consecuencia, que «su interés es eminentemente conceptual, aunque para evidenciar los conceptos tenga el artista que recurrir a medios sensoriales».

Toda su producción planteó esa disyuntiva entre pensamiento y sentimiento; o, si se quiere, el arte del gran maestro venezolano descansa sobre la necesidad de superar la antinomia dialéctica del sentir y el pensar, haciendo que cada obra reconcilie esos dos modos del ser. Artista de la geometría sensible, buscó, sin embargo, que sus abstracciones operaran en el espectador como disparadores. Lo conocimos cuando, rodeado por artistas y críticos, tocaba la guitarra en la Bienal Kaiser de 1970 y un jurado internacional lo distinguió con el primer premio de ese primer encuentro internacional en la Argentina, organizado en Córdoba. Luego participamos con él y con el famoso artista suizo Max Bill en un coloquio que organizó el director del Museo de Bellas Artes de Praga sobre la escultura y los espacios públicos.

Soto había proyectado un enorme y magnífico penetrable para la Planta Baja del Centro Pompidou de París. Luego, fue invitado a Buenos Aires y pudo mostrar una magnífica colección de sus esculturas en el Museo Nacional de Bellas Artes. El otro invitado de honor, Max Bill -gran maestro del arte del siglo XX, senador de su país, director de la Escuela de Diseño de Ulm y gran admirador del tango-, había prometido viajar con una colección de obras de su taller de Winterthur, pero lamentablemente falleció antes de conocer Buenos Aires.

Los antiguos filósofos -Demócrito, Platón, Aristóteles- y ciertos textos religiosos de la India y China, intuyeron una estrecha correspondencia entre el universo y el hombre, entre la geometría y el pensamiento. Esta correspondencia obtuvo también carta de reconocimiento en el Renacimiento a través de figuras tan dispares como Giordano Bruno o Leonardo da Vinci. Soto participó de la misma idea, pero pretendió que sus espectadores descubrieran con él no tanto la certeza de esta relación sino la verdad del universo, la verdad artística por oposición a la científica, para saber así, o suponer, la relación entre el cosmos y nosotros, para percibir esas «realidades infinitas que nos rodean y de las cuales tenemos apenas conciencia», según escribió. Parte de las cuatro entidades universales de las que «somos tributarios»: el espacio, el tiempo, la energía, el movimiento. Desde 1950, cuando se instaló en París, Soto trabajó en esas exploraciones que él creyó capaz de desembocar en un acercamiento a lo Absoluto.

  • Pionero

    Los historiadores coinciden en que fue Vasily Kandinsky quien, hacia 1910, abolió los últimos vestigios de figuración pictórica, y consideran a una acuarela suya de entonces como el nacimiento del arte abstracto. Sólo en 1913, en Berlín, Kandinsky se entregó de lleno a estas experiencias, derivadas del fauvismo y del expresionismo. Pero también en ese año, en Moscú -ciudad natal de Kandinsky-, iniciaba Kasimir Malevich un camino distinto con su «Cuadrado negro sobre fondo blanco». A las formas imprecisas de Kandinsky y otros abstractos ( Robert Delaunay, Francoise Kupka, Francis Picabia), opuso Malevich los trazos rigurosos de la geometría.

    El constructivismo es un movimiento que entre 1920 y 1930 reunió a creadores de arte (Malevich, Táitlin, Lissitsky, Rodchenko y Gabo) y de arquitectura (Guinzburg, Leonidov, Chernijov y Krasilnikov), y cuyo aporte sólo fue reconocido tres décadas después de su desaparición forzada a manos del stalinismo. Entretanto, la abstracción geométrica (así denominada para diferenciarla de la abstracción orgánica o lírica de Kandinsky) recibió dos grandes impulsos: el neoplasticismo de los holandeses Mondrian y van Doesburg, el belga Vantongerloo y el alemán Vordemberge-Gildewart, que surgió hacia 1917, y los logros de la Bauhaus (1919-23), donde enseñan Klee, Albers Moholy-Nagy.

    Fue fundamental para Soto su lectura de «Vision in Motion» de Moholy-Nagy, el pintor constructivista húngaro que produjo el movimiento y la luz con sus «Moduladores», esculturas cinéticas que realizó desde 1922. Con Víctor Vasarely, Jean Tinguely, Alexander Calder, entre otros, Soto participó, de la muestra organizada en 1955 por la galerista francesa Denise René, «Le mouvement», que fue referente para el desarrollo del arte cinético.

    En sus paneles vibrátiles, en sus volúmenes virtuales, en sus extensiones, en sus progresiones y en sus penetrables, hay siempre una original creatividad y una atrayente invitación al misterio, el misterio del arte y del ser humano. Entre las variantes constructivistas, el arte cinético y el Op-tical-art (el Op art), puso el énfasis en la luz y en el movimiento, representados en la tela u obtenidos por medios mecánicos y naturales en esculturas y objetos.

    Entre las 27 obras que se exhiben en la Fundación Proa, se incluyen piezas de las investigaciones que realizó en las décadas del '50 y '60, «Sotomagie», serigrafías y ensamblajes. Los trabajos de Soto se constituyen en otros tantos y sucesivos viajes por el tiempo y el espacio, por la vida cotidiana y la existencia trascendente, por la imaginación y el entendimiento, en suma, por el interior del hombre. Porque siempre fue el hombre el origen y el destinatario de las indagaciones del artista singular, que desde 1972 alternó su obra y su vida entre París y Caracas.

    Sus obras no buscan el deleitepasivo de los espectadores. Todo lo contrario: el público está llamado a completar la realización del artista, pero en este caso no sólo la interpreta sino que además la crea, ayudando al artista a expresarse tantas veces como observadores se detengan frente a ella, se desplacen a su alrededor o se introduzcan en su ámbito. En sus Penetrables el espectador se introduce entre los hilos o varillas verticales y desde ese momento se encuentra físicamente mezclado con la obra.

    «Si no esperas, no encontrarás lo inesperado, que es inescrutable e inaccesible», decía Heráclito. En las obras de Soto lo inesperado es una verdad, pero también un santo y seña para deducir lo inescrutable y conquistar lo inaccesible.
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