Karita Mattila, acompañada al piano por Martin Katz, ofreció en el Colón uno de los recitales más notables del año dentro del ciclo del Mozarteum Argentino.
ó Karita Mattila el telón del Teatro Colón, la sala que esperaba su retorno. No se trataba, claro, del mismo que colgaba cuando hace 18 años fascinó en "Simone Boccanegra". Pero sí el carisma de Mattila y, tal como se comprobó al comenzar el primero de los dos recitales que brindó para el Mozarteum Argentino (el segundo será esta noche), también su estatura artística y sus condiciones vocales eran los mismos. Y, como si estuviera impaciente por entregarse a ese público, acometió el programa sin prolegómenos.
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La inteligencia de la soprano finlandesa, una de las más destacadas de las últimas décadas, quedó demostrada desde la selección misma de las obras que integrarían sus presentaciones. Las piezas de cámara que Mattila eligió le dieron no sólo la posibilidad de transitar diferentes lenguajes musicales, otorgando a cada uno sus mejores acentos, sino de exhibir su ductilidad fonética y sus dotes de estilista pasando del alemán al francés y del italiano al finlandés y el sueco.
Casi todas las canciones elegidas por ella tienen una carga dramática que se intuye imprescindible para una cantante-actriz de su talla. Es el caso de "Vergebliches StTMndchen (Serenata inútil)", tercero de los cuatro lieder de Johannes Brahms que abrieron el fuego: el diálogo de amantes tuvo en su voz colores marcadamente diferentes, y otorgó también sutiles inflexiones a "Von ewiger Liebe (Sobre el amor eterno)", otra canción de similar juego.
Mattila realiza aun en la instancia del recital un auténtico milagro: el de introducirse (y llevar de la mano al espectador) en cada miniatura musical con una concentración extraordinaria, e inmediatamente después entrar en otra con igual naturalidad. La gestualidad que utiliza, sutil y nunca desbordada, hace olvidar por momentos que se trata de música de cámara y alza a su alrededor un escenario teatral imaginario. Así abordó otro de los puntos más altos de su presentación si es que se puede hablar de ellos en una velada sin decepciones-: "Au pays où se fait la guerre (Al país donde se hace la guerra)", una de las melodías de Henri Duparc que interpretó, y tres canciones de su compatriota Jan Sibelius: "Illale (Al anochecer)", "Varen flyktar hastig (La primavera se apresura a marcharse)" y especialmente "Flickan kom...".
La ópera tuvo una representación perfecta en dos arias que Mattila cantó de manera inolvidable: "Sola, perduta, abbandonata", de "Manon Lescaut" de Puccini, con una teatralidad electrizante, y la celebérrima "Canción a la luna" de "Rusalka" de Dvorak, que pocas sopranos han abordado con su sutileza. Inestimable aquí, como en el resto del programa, fue el finísimo sostén pianístico de Martin Katz, acompañante ideal en su capacidad de amalgamarse con el canto.
Para el final quedó otra instancia excepcional: el ciclo "Canciones gitanas" opus 55 de Dvorak, que Mattila cantó descalza (como forma de alcanzar una imprescindible conexión de sus pies con la tierra), inclinándose, jugando con su echarpe tornasolado y transformándose literalmente en una mujer de esa raza encadenada a su propia libertad, como dice la página final del ciclo. Los bises, un tango finlandés cantado y bailado con gracia y el clásico pucciniano "O mio babbino caro", fueron agradecidos por el público en una emocionante ovación final. Recital de Karita Mattila (soprano) y Martin Katz (piano). Obras de J. Brahms, H. Duparc, G. Puccini, J. Sibelius y A. Dvorak (Mozarteum Argentino, 29 de julio).
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