Orquesta de Cámara Mayo, dir.: Luis Roggero. Obras de Alberto Devoto, Max Bruch, Peter Warlock y Arnold Schöenberg. (8/5, Auditorio C.C.Borges.)
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Esta orquesta mantiene su mismo plantel prácticamente desde su fundación 18 años atrás. Cuando cerró el banco que lo sostenía económicamente, peligró la continuidad del grupo, pero los músicos decidieron continuar como conjunto independiente y asumir sus propias responsabilidades. Ahora se los ve con frecuencia en la TV por cable, tienen abonados y graban discos; es decir, el esfuerzo no fue en vano.
Como parte de la programación de esta atractiva temporada consagrada a «Obras maestras del Siglo XX», el concierto que nos ocupa se abrió con el estreno mundial de la «Piccola Sinfonietta» con la que el compositor argentino Alberto Devoto ganó el Concurso de SADAIC el año pasado. Es una obra sólida con citas perceptibles del acervo musical argentino, como figuras «tangoides» y aires de vidala, en el centro una frase entera del antiguo y encantador Greensleves, tal vez en memoria de los tiempos de intérprete de flauta dulce del autor, presente en la sala y evidentemente satisfecho.
De Peter Warlock (1894-1930) se escuchó su menuda «Suite Capriol», una modernización de antiguas danzas inglesas que la Mayo logra hacer más interesantes de lo que son. En cambio, fue un momento de intensa emoción colectiva la versión del Adagio sobre melodías hebreas «Kol Nidrei» Op. 47 de Max Bruch (1833-1920), alemán y católico, que comprendió en profundidad los rezos del Día del Perdón de la comunidad judía en su aspecto más conmovedor; como la de un oficiante, la voz quejumbrosa del violoncelo exhala lamentos y meditaciones. Excelente el trabajo de Claudio Baraviera, probablemente el mejor violoncelista argentino de la actualidad.
Como epílogo de la tradición romántica y puerta entreabierta para llegar al modernismo musical, la «Noche transfigurada» Op. 4 de Arnold Schöenberg (1874-1951) nació para sexteto, pero el mismo autor hizo una ampliación para orquesta de cuerdas en 1917 que revisó en 1943.
El resultado de horas de ensayo y la solvencia de estos músicos devino en una versión que llegó a las fronteras de la perfección. Luis Roggero dirige con el arco desde su atril, lo que hace con precisión incuestionable y comprensión casi telepática de parte de sus compañeros, todos en un mismo nivel de excelencia.
Dejá tu comentario