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14 de abril 2008 - 00:00

La Roma eterna busca poner el foco en la Roma efímera

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«Dormitorio», fotografía de Wang Qingsong, forma parte de una importante muestra romana sobre el arte de la China contemporánea.
Roma - El relato que a través de los siglos configura la historia del arte adquiere en esta ciudad una presencia que supera la de cualquiera otra en el mundo. Si a través de la arquitectura, la pintura, la escultura y otros medios, los artistas logran dejar un testimonio del tiempo en el que vivieron, el conjunto de objetos que atesoran los romanos, desde las ruinas a la actualidad, pasando por ese momento crucial que es el Renacimiento, se destaca por su incomparable elocuencia. La seducción que ejerce el arte del pasado es tan poderosa que, aunque las obras que van desde las vanguardias a la contemporaneidad no son menos expresivas, igual quedan en las sombras.

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Mientras los grandes monumentos históricos como el Coliseo, la Capilla Sixtina, o la Fontana de Trevi y las fuentes de Bernini, con su barroquismo y sus formas exaltadas, convocan multitudes que se aprietan en derredor, las salas con las importantes exposiciones de arte moderno y contemporáneo que se exhiben en estos días están prácticamente vacías; son islas tranquilas en la bulliciosa capital del arte antiguo. Sin embargo, con una eficaz política cultural, los romanos buscan revertir este fenómeno y contrarrestar la imagen de que su ciudad es tan sólo un reservorio del arte del pasado.

Con el objetivo de valorar el presente se fundaron los museos MACRO, de Arte Contemporáneo, y MAXXI, de arte del siglo XXI, un nuevo Festival de Cine, y la Feria de Arte Contemporáneo inaugurada este año.

Además, los programas educativos de Italia favorecen la apreciación del arte actual y Roma, al igual que Londres, se está convirtiendo poco a poco en un territorio con encantos sobrados para la nutrida clientela del arte contemporáneo.

La prueba de fuego fue la muestra inaugural de la galería estadounidense Gagosian, que acaba de abrir una sucursal de más de 700 metros a pocos pasos de la Vía Sistina. Larry Gagosian, una de las principales espadas del boom del mercado del arte internacional, vendió todas las obras del cotizado Cy Twombly, y anunció las próximas exhibiciones de Richard Serra, Alberto Giacometti y Francesco Clemente. Con una línea también actual, Lorcan O'Neill, decidió abandonar su cargo de director de la galería White Cube en Londres para abrir en Roma su propio espacio.

Lo cierto es que Roma está en pie de igualdad con los grandes centros de internacionales del arte contemporáneo. El año pasado y después de una intensa restauración, abrió las puertas del Palacio de Exposiciones, un espacio modelo enclavado en el corazón de la ciudad, con las muestras de Mark Rothko y Stanley Kubrick.

Preparado para recibir y montar exposiciones interdisciplinarias, con su cine, su auditorio y unas salas polifuncionales de nueva generación, el Palacio estaba la semana pasada inexplicablemente vacío, a pesar del indudable atractivo de las muestras y a pesar, también, de que una lluvia pertinaz sumaba interés a la surtida librería boutique y a las ofertas que en materia culinaria ofrece la cafetería a precios accesibles.

Para comenzar, una de las exposiciones está dedicada a explorar el arte contemporáneo de China que hoy está en el candelero, a través de obras que revelan, con mayor y menor intensidad, los cambios del paisaje social y urbano de este país. En el extenso panorama que comienza con una instalación que parodia los shoppings de la sociedad capitalista, se destacan las fotografías de Weng Fen, que reiteran un mismo tema: dos jovencitas de espaldas a la cámara observan los modernos edificios que las rodean.

La obra más dramática o, en todo caso, difícil de olvidar, es el metafórico «Dormitorio» que capta la lente del talentoso Wang Qingsong, representativo de una violenta lucha por ganar espacio y escalar posiciones. Se trata de una imagen producida con actores, que se desarrolla en un gran escenario con camas de hierro superpuestas, unas sobre otras, como cajas en un depósito. Cada una de estas camas está habitada por personajes sojuzgados o avasalladores, que con sus actitudes resignadas o desafiantes dejan un recuerdo escalofriante.

Luego, el Palacio es la sede de la muestra madre del Festival Internacional de Fotografía en Roma y exhibe la última serie de imágenes poéticas y esfumadas del Lungo Tevere tomadas por Gabriele Basilico.

  • Futurismo

    Pero la exposición más importante es «El mito de la velocidad. Arte, motores y sociedad en la Italia del '900", una muestra en verdad deslumbrante donde el arte se cruza con el cine, el diseño, la moda, las letras y, sobre todo, con la tecnología de las poderosas máquinas (autos, motos, trenes y aviones) e, inclusive, con la política. A partir de la pasión por la velocidad que despierta en Italia a comienzos del siglo XX, la exhibición explora la historia de un país que, fascinado por el dinamismo de la revolución industrial, rompe con la inmovilidad del clasismo.

    «Nosotros afirmamos la magnificencia del mundo que se ha enriquecido con una belleza nueva, la de la velocidad. Un coche de carrera con su radiador adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo., un automóvil que parece correr sobre una metralla es más bello que la Victoria de Samotracia». Este manifiesto futurista publicado en 1909 inauguró el mito de la máquina, veloz, rugiente y todopoderosa, y a la vez descubrió un perfil del «ser» italiano. Basta caminar por las calles inundadas por autos cada vez más veloces, para advertir que ese encantamiento perdura hasta nuestros días.

    En las salas del Palacio de Exposiciones, las líneas vertiginosas de los autos y el ronroneo permanente de las máquinas como sonido de fondo, del mismo modo que las palabras y el arte de los futuristas que surgen en la pujante e industrial ciudad de Milán, reflejan la irrupción abrupta de la vida moderna y las transformaciones sociales, económicas y políticas que impuso el arribo de la tecnología.

    La «belleza de la velocidad» está representada con fidelidad en un dibujo de Giacomo Balla, «Automóvil-velocidad-luz», donde se muestran unas curvas cruzadas por dinámicas líneas rectas que convergen en un punto y sugieren el movimiento. Las curvas reiteradas se perciben de modo simultáneo, como las estelas que se forman en el agua al arrojar un guijarro, o la huella que deja la forma de un objeto (un auto) reverberando en la memoria. Gracias a este novedoso recurso óptico, el espectador queda atrapado por el ritmo acelerado de las líneas del cuadro. La velocidad de este dibujo está acompañada por los efectos visuales de las pinturas de Umberto Boccioni, Carlo Carrá, Luigi Russolo y Gino Severini, la fotografía experimental del futurismo, la moda y los objetos que representan el progreso, entre otros, el teléfono y la radio. La muestra indaga además, la relación del escritor Gabriele D'Annunzio con los autos y el universo de las máquinas, y exhibe las imágenes de su expedición aérea con el dirigente fascista Italo Balbo, aliado de Mussolini.

    El futurismo, empeñado en representar de modo exasperado la velocidad del mundo, sumó entusiastas a sus filas y alcanzó su apogeo en el preludio de la Primera Guerra Mundial. El fanatismo nacionalista de Filippo Tommaso Martinetti, ideólogo del movimiento, lo llevaría a manifestar sin reparos: «Nosotros queremos glorificar la guerra, única higiene del mundo». D'Annunzio, entretanto, consideraba la guerra «un elemento lírico». Este frenesí se convertiría en lo que Benedetto Croce definió como «una orgía de irracionalidad», que terminó por impulsar a varios artistas al frente de combate, donde murió Boccioni.

    La cruda realidad de la Guerra determinó el ocaso del futurismo. En 1916, mientras Sironi y Severini se encaminan hacia el cubismo, Carrá se repliega en el mundo quieto y detenido de la pintura metafísica, que surge como respuesta a tanta alienación.

    Marinetti, luego de ser abucheado por los futuristas rusos, llegaría en la década del 20 a Buenos Aires de la mano de Emilio Pettoruti (un futurista de primera hora), cuando sus rebeldes expresiones ya no provocaban más que sonrisas burlonas. El futurismo tuvo una vida breve, pero su inspiración continúa, es el antecedente del arte cinético que surgió en la década del '60, con obras que por fin se mueven a través de diversos mecanismos.

    Con la velocidad como tema, la exposición prosigue con un escenográfico montaje de los autos aerodinámicos que consolidaron la fama de la industria italiana, como el Lancia Aurelia que manejaba Vittorio Gassman en la película «Il sorpasso» de Dino Risi, el humilde Fiat 600, la fabulosa Ferrari, la Cisitalia y la Maserati, los Alfa Romeo, entre otros, que junto a las motos Ducati y diversos objetos de diseño ostentan en la muestra el mismo status del arte. Así, la ingeniería y el arte coinciden en la velocidad creciente, en un movimiento que hacia fines del Novecientos, con las comunicaciones y el mundo cibernético, inauguró el vertiginoso camino hacia el siglo XXI. Finalmente, el saldo extraartístico que deja la muestra es señalar la importancia de ajustar el rumbo.
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