En «La vida es
un milagro», el
bosnio Emir
Kusturica vuelve
a la tragedia de
su pueblo de un
modo más
sencillo que en
«Underground»,
con una
tragicomedia
irregular, pero
emotiva y
sincera.
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En Ese es el cuento, que se desarrolla entre risas y angustias, y multitud de animales sueltos (de los domésticos o de corral, que no hacen daño, y de los otros, que andan armados), entre momentos de locura familiar, o grupal (esas interminables fiestas de borracheras y sangre), caídas en el pintoresquismo o el simbolismo forzado, sentidos ascensos a la más callada intensidad (cuando el padre llega a casa y encuentra al hijo dormido, se duerme, y al despertar el hijo ya se está yendo, y quizás nunca más lo vea), y caricaturas feroces (los empresarios patriotas, de farra corrida, etcétera).
El problema es que es un cuento irregular, que parece ir a los tumbos. Es emotivo, viaja con fuerza y sinceridad al corazón, pero no a todos les llega. Para algunos se hará un poco largo, reiterativo. Y habrá también quien compare el modo en que
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