22 de mayo 2001 - 00:00

Las proezas increíbles distinguen a este circo

Circo de Pekín.
Circo de Pekín.
Por otra parte, el aura de leyenda que rodea a este venerable divertimento -destinado en un principio a entretener a emperadores y cortesanos, y más tarde, a un público masivo que lo enriqueció con su folklore-sigue siendo una fuerte carta de presentación, al menos entre el público occidental, siempre ávido de exotismo. Quizá por eso convenga aclarar, ante todo, que esta nueva edición del Circo de Pekín (considerado el mejor de los circos chinos relanzados a partir de 1949) evidencia la clara intención de emular, hoy más que nunca, la estética del circo occidental. Concretamente, la difundida por el prestigioso Cirque du soleil.

Influencias

Si bien es cierto que las influencias han sido mutuas (como puede apreciarse en «Dralion», el espectáculo que la famosa compañía canadiense estrenó hace unos meses en Estados Unidos incorporando un gran número de rutinas y acróbatas chinos), el problema con el Circo de Pekín es que aún no ha logrado una buena síntesis entre ambas líneas de espectáculo. Sus técnicas de acompañamiento musical, vestuario y luces todavía están muy lejos del modelo instituido por el Cirque du soleil y, en este caso, sus esfuerzos por «ablandar» el espectáculo, con figuras rutilantes, números coreográficos y hasta una pueril rutina humorística, sólo logran distraer la atención del número protagónico.

Semejante acumulación de recursos, sobre todo cuando se carece de un experimentado lenguaje dancístico o de un apropiado criterio de iluminación (la de este show resulta poco menos que caótica y, en ocasiones, quita visibilidad a los números acrobáticos), atenta no sólo contra la identidad, sino también contra el ritmo de un espectáculo que se prolonga durante dos horas diez.

Pero dejando de lado las debilidades de la puesta, es justo reconocer que los 13 números que integran este show no tuvieron desperdicio. Sus protagonistas (48 artistas cuyas edades oscilan entre los 12 y 21 años) realizan proezas que uno creería imposibles de realizar. Como ya es tradición, los cuerpos de los acróbatas adquieren insólitas posturas hasta construir verdaderos andamiajes humanos. Cualquier tipo de objetos (sean bols, candelabros, platos girando sobre varillas o copas con agua) pasa de sus pies a sus cabezas como si se tratase del juego más sencillo.

Hay algo sobrenatural en el desempeño de estos artistas que roza la emoción. Tal vez sea ese estado de gracia y liviandad que logran transmitir aun en las situaciones más riesgosas o quizás influya el estar al tanto de la durísima disciplina, por todos conocida, que deben seguir estos jóvenes artistas para sostener semejante nivel de excelencia.

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