30 de diciembre 2003 - 00:00

Le Corbusier: la lección del maestro

Le Corbusier: la lección del maestro
La noche del 1 de octubre de 1929, llegó Le LCorbusier al puerto de Buenos Aires. Vino, según él «en estado de gracia, con el espíritu tenso y la sensibilidad a flor de piel», después de catorce días de navegación. Era su primer viaje fuera de Europa, y esta visita a América se inició por la Argentina, aunque aprovechó para conocer Montevideo, Asunción del Paraguay, Río de Janeiro y San Pablo.

La Asociación Amigos del Arte lo había invitado a ocupar su tribuna, con el auspicio de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales: en ambos recintos, el de Florida al 600 y el de Perú al 200, Le Corbusier dio diez conferencias, del 3 al 19 de octubre, que al año siguiente reunió en el libro «Precisiones».

El maestro suizo-francés trajo aquí un lema: «liberarse de todo espíritu académico». Es el discurso con el que subyugó e irritó a sus colegas de Europa y otras latitudes, a partir de 1920, cuando empezó a publicar en la revista «L'Esprit Nouveau», de París, donde vivía, los artículos -verdaderos manifiestos-que recogió en «Hacia una arquitectura», en 1923.

Es el discurso que virtió en los muchos diseños y en las pocas, brillantes obras realizadas (la magnífica Ville Savoye, de Poissy, comenzó a ser erigida precisamente en 1929). En Buenos Aires, Le Corbusier también exaltó y molestó a su auditorio, proponiendo -con el empeño que lo distinguía y que se trasladaba a sus veloces dibujos de tiza-su credo redentorista: «La arquitectura es un acto de voluntad conciente.Arquitecturar es poner en orden. ¿Poner en orden qué? Funciones y objetos. Ocupar el espacio con edificios y caminos. Crear receptáculos para abrigar al hombre y comunicaciones útiles para que los hombres se encuentren. Involucro solidariamente, desde luego, en una sola noción, a la arquitectura y el urbanismo.Arquitectura en todo, urbanismo en todo».

Pero a este aporte general añadió Le Corbusier una contribución particular: sus ideas sobre Buenos Aires, «la ciudad más inhumana que he conocido», donde cumplió 42 años -el 6 de octubre -, y de cuyo futuro se enamoró tanto que buscó orientarlo y ayudar a definirlo.

«Sentí violentamente que [Buenos Aires] es una ciudad de América con todo el candor, los miedos, los terrores de equivocarse que incitan al pastiche del estilo Luis XVI o del Renacimiento y, a la vez, una ciudad explosiva, con un motor completamente nuevo y un suelo atestado de utensilios de una colonización precipitada, ya inservibles»
, dijo.

También: «Buenos Aires se me apareció como el lugar del urbanismo de la época contemporánea. Un día, bajo mi primera visión de la ciudad extendida al borde del río, construí la ciudad que podría ser Buenos Aires si un civismo ardoroso y clarividente, si una razón imperiosa suscitaran las energías necesarias. Sentí profundamente que esas energías iban a alzarse muy pronto, hasta tal punto ha sonado aquí la hora de la arquitectura».

«Que sea Buenos Aires, pues, pura creación humana, pura creación del espíritu, bloque inmenso levantado por el hombre sobre las aguas del río y bajo el cielo argentino. Hay en esta esperanza algo que embriaga, algo que ennoblece»,
soñó Le Corbusier.

• Advertencia

Seis años después, en 1935, escribió a Victoria Ocampo: «Le ha llegado el momento a Buenos Aires. Yo me siento maduro. Si la ciudad no adopta las disposiciones decisivas de los tiempos, vegetará. Es necesario que los ediles conozcan la gravedad de la cuestión y de esta hora, que no hay que dejar pasar».

Pero será preciso aguardar hasta 1937: entonces, dos flamantes arquitectos argentinos,
Juan Kurchan y Jorge Ferrari Hardoy, visitaron al maestro en su estudio parisiense de la Rue de Sèvres, y lo animaron a trazar el Plan Director de Buenos Aires.

Los diseños y documentos, trazados en 1938-39, llegaron a la Argentina en 1941, y sólo fueron publicados en 1947, casi veinte años después del deslumbramiento de
Le Corbusier con la ciudad, o, mejor, con la nueva ciudad que él había avizorado. En esos casi veinte años transcurridos desde 1929, la ciudad había cambiado, y algunas de las ideas del proyecto del maestro se habían desarrollado sin que se conocieran aquí: las dos Diagonales, el ensanche de Corrientes, Córdoba, Santa Fe y Belgrano; la inauguración de los primeros tramos de las avenidas Nueve de Julio, General Paz y Rafael Obligado (Costanera Norte).

A otras propuestas suyas les llegó el turno mucho después, cuando su Plan Director había sido sepultado en el olvido: es el caso de la urbanización de Puerto Madero, emprendida en 1991. Sin embargo, el Plan Director tuvo la virtud de suscitar la creación, a fines de 1947, de la oficina Estudio del Plan de Buenos Aires, en la Municipalidad, encabezada por
Ferrari Hardoy, que venía a sustituir al organismo fundado por Carlos della Paolera, en 1932, lamentablemente disuelto en 1943.

Pero la Argentina pudo además contar con la única obra de
Le Corbusier levantada en la América Latina (hay otra de él en los Estados Unidos): es la Casa Curutchet, erigida en La Plata y terminada en 1954. También por esto, no sólo por sus conferencias de 1929 y su Plan Director de 1938-39, la visita del maestro a Buenos Aires, hace setenta y cinco años, es un mojón histórico, digno de ser evocado y celebrado.

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