La acción transcurre en una especie de galpón, ambientado como un bar «cool», con su barra de tragos y un entrepiso de cemento que permite multiplicar el espacio escénico sin aludir a ninguna topografía en particular. Por más que la decoración del lugar remita a un boliche bailable, ésta no funciona como escenografía sino como un espacio virtual en el que los protagonistas (más una actriz invitada) bailan, hablan de su fanatismo por la música, inventan coreografías o recitan canciones de No hay conflicto a la vista ni construcción de personajes, por lo tanto el espectáculo puede ser leído como un collage visual y sonoro que intenta reproducir «en vivo» la estética del videoclip junto a la del documental de última generación, un género que coquetea con la ficción sin desvirtuar el dato enciclopédico.
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En compensación, la puesta tiene a su favor la contagiosa vitalidad de sus intérpretes, entre los que se destaca el actor
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