“Para meterme con lo que está pasando, con lo que me indigna, escribo novela negra”, sostiene Alicia Plante que acaba de publicar “Mala leche” (Adriana Hidalgo editora). Plante es psicóloga, comenzó con los poemas de “Asumiendo mi alma” para luego pasar a la novela con “Un aire de familia” (Premio Azorín), luego escribió “El círculo imperfecto”, novela lesbiana, para después iniciar del ciclo de novela negra, que le ha dado un lugar destacado en el panorama nacional del género, compuesto por “Una mancha más”, “Fuera de temporada”, “Verde oscuro”, “La sombra del otro” y “Mala leche”.
"Hacer novela negra es una forma de luchar con lo que me indigna"
La autora es psicóloga pero, tras haber pasado por la poesía, encontró en el género que cultiva una forma de enfrentar la realidad circundante".
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Periodista: ¿Qué lleva a que se lea tanto la novela negra?
Alicia Plante: Lo que caracteriza a la novela negra, según expertos como Mempo Giardinelli o mi querido amigo Donald Yates, un yanqui amigo de Borges y de Walsh, es que cuestiona, mientras que el policial no cuestiona nada. La novela negra critica, desafía, denuncia. Eso hace que mucha gente que nunca escribió nada ligado al misterio, al enigma o la investigación, se mande una novelita negra por le da la posibilidad de criticar, además sin pruebas, que es muy interesante. La novela negra como no es periodismo, como es ficción, no se corre el riesgo de que nadie te haga juicio por difamación. Son simbólicas. Yo escribo “Fuera de temporada” que ocurre en Pinamar años después del asesinato de José Luis Cabezas, hago referencias a ese caso, a la corrupción de los policías de Pinamar, y se denuncia lo que hacen los hogares de huérfanos con los chicos, en qué los convierten; funcionan como cárceles donde, como en todas las cárceles, lo que hay es un perfeccionamiento del sistema delictivo.
P.: El juez penal Leo Resnik es el investigador de sus cinco novelas negras.
A.P.: Remite a un amigo que no se llama Resnik, es ese personaje con su autorización. El hecho de que sea un juez judío tiene su carga. En “Una mancha más” otro juez, González Saavedra dice “este tipo viene acá a hinchar y es judío, eso era inconcebible en mi época”. Ese carcamán me permitió mandarme con mucha bronca contra el antisemitismo. Leo molesta porque no siendo juez de la causa se mete a investigar lo que no le corresponde. Se interesa cuando un amigo le pide que lo haga o cuando se enfrenta a una injusticia atroz, como en “Mala leche”. No es un agente convencional de la Justicia. Él hace justicia en base a principios más éticos y exigentes que la Justicia oficial. En mis novelas no siempre el criminal termina en la cárcel, no siempre hay un caso cerrado, eso permite al lector sumar su interpretación.
P.:“Mala leche” es un caso cerrado y se mete con temas actuales.
A.P.: Las drogas sintéticas es un temón. La corrupción obviamente. La especulación inmobiliaria me dio a Leiva, un tipo que se mueve en esa línea que separa el delito de la especulación, tiene cintura para cuerpear a la Justicia y hacer sus negocios a costa de la ingenuidad de la gente. Hay una pareja gay que son jugadores, que hacen fiestas. Es la banalidad de la vida de la gente que solo busca tener más dinero, un patrimonio más impactante. La acumulación, la codicia, tiene mucho que ver con el espejo, con la imagen. Nadie puede gasta un millón de dólares por día. Los hermanos Koch en Estados Unidos ya no tienen que hacer nada, la guita se reproduce sola, le llega a cada uno como mínimo un millón de dólares por día. Y eso ni lo pueden gastar ni lo pueden parar. El impacto en los otros de eso es algo muy interesante.
P.: ¿Cómo se le ocurre la villa de emergencia como escenario de “Mala leche”?
A.P.: Fellini dijo que cuando tenía que pensar en una nueva trama hacia como que lanzaba una flecha en la oscuridad y después miraba donde se había clavado, si le interesaba eso que había sido elegido por el azar lo desarrollaba, sino volvía a disparar. Yo empecé describiendo un muchacho que recibió una paliza atroz. No sabía nada más. Me lanzo a seguirlo, a imaginar. Si uno no confía en la imaginación y pretende escribir está listo. La imaginación aporta más que las enciclopedias. Mi profesión me ha dado una gran oreja para escuchar al otro. Escuchar es ponerse en la piel del otro. Desde la empatía escribo, y eso me dicta hasta el lenguaje.
P.: ¿Cómo hizo para pasar de la poesía a la novela negra?
A.P.: Es el uso de la palabra que mejor expresa algo. En la novela negra es la denuncia. La primera novela fue “Un aire de familia”, sobre una familia de clase alta venida a menos, que ganó en España el Premio Azorín. Eso hizo que durante un tiempo me representara Carmen Balcells. Después vino “El círculo imperfecto” una novela lesbiana. Ahí no me planteé ni plantear ni resolver algún misterio. No hay enigma. Trata de cinco mujeres que se parecen. Nada que ver con lo que vino después. Las, hasta ahora, cinco novelas noir. Ahí encontré lo mío, la novela negra, de cuya caracterización me suelto cada vez más. En “La sombra del otro”, la anteúltima, por caso, se mete tanto con el alma de la gente que el crimen pasa a ser un incidente dramático dentro de la vida de esas personas, pero no es el eje, o lo es porque es tan dramático. Se debate sobre si la muerte de una mujer es o no un femicidio. Como me meto con lo que está pasando, con lo que me indigna, escribo novela negra.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
A.P.: Una novela en la que hay un ingeniero que se burla de los arquitectos. Todo parte de dos hermanos criados en un pueblo de provincia (hay en el medio dos mujeres), uno destinado al triunfo, el otro al fracaso. La novela comienza con el hermano menor desaparecido. En eso estoy.
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