“Yo no empecé hace seis años cuando lancé mi marca de ropa, arranqué hace 42 años”. La frase de Flavia Palmiero sintetiza una vida atravesada por la creación constante, mucho antes de convertirse en empresaria de la moda.
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Flavia Palmiero: cómo reinventarse desde el vacío y construir una marca con identidad argentina
La actriz, conductora y productora resumió su trayectoria emprendedora. Cómo creó la línea propia de ropa que la sacó de la angustia y la depresión durante la pandemia.
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Flavia Palmiero resumió su trayectoria emprendedora.
La actriz, conductora y productora resumió su trayectoria emprendedora durante su participación en un panel de la reciente Expo EFI.
“Siempre fui hacedora, productora, creadora, siempre estuve detrás de las cámaras y fui una emprendedora de lo que tiene que ver con el espectáculo”, cuenta y deja en claro que el espíritu emprendedor no nació con su marca, sino que la acompañó desde siempre.
Sin embargo, durante años sintió que ese universo creativo no podía trasladarse a otro terreno. Pero la irrupción de la pandemia cambió esa percepción de manera abrupta.
“Lo que me pasó en la pandemia es que se me produjo el vacío real, sentir que no volvería más a subirme a un escenario, a estar junto a una cámara. Se terminaba mi carrera. A los 54 años tenía que volver a empezar”, recuerda.
Pero explicó que hay algo que el mundo artístico le enseñó y que resultó determinante en ese momento: la capacidad de adaptación permanente.
“Cuando uno es artista sabe que se tiene que reinventar toda la vida hasta el día que te mueras. Esa gimnasia que te da el espectáculo, el minuto a minuto, la reacción rápida, todo eso lo traje a la marca”, afirma.
El punto de partida fue íntimo y silencioso. “Entonces se produjo el vacío en casa. Me puse a hacer unos dibujitos y pensé en hacer algo para seguir en contacto con la gente”. Así nació la idea de Flavia Palmiero Collection, como algo espontáneo pero no improvisado. Como la materialización de una historia previa, de una relación construida durante décadas con su público.
Una historia de emprendedores
“Hay una historia, una confianza, valores. Vender ropa lo hace cualquiera. Pero lo interesante es que la ropa tiene una comunicación, la historia de una mina que a los 50 y pico de años se reinventa y sigue poniéndole el pecho a su vida”, remarcó.
El nombre de la marca también tiene una historia. “Mi hijo me dijo: ‘mamá, ponele Flavia Palmiero. ¿Qué nombre vas a poner si todos te conocen? Jugátela’”.
Esa decisión implicó también exponerse de otra manera, poner su identidad al frente de un negocio, asumir riesgos con su propio nombre como respaldo. “Bueno, agarré, me la jugué”, resume.
La necesidad de generar una alternativa económica también jugó un papel clave. “Yo siempre decía: quiero una alternativa porque en mi laburo muchas veces estamos sin facturar, sin trabajar. Yo la paso muy mal porque soy una mina súper activa”.
El contexto de la pandemia, sin embargo, parecía poco propicio. “Imagínense en ese momento lo que era soñar con una playa, con trajes de baño. ¿A quién se le podía ocurrir si estábamos todos los días con pantuflas, pijamas y barbijos?”.
Frente a esa contradicción, Palmiero tomó una decisión deliberada: apostar al deseo, a lo aspiracional. “Yo me dije, ni en pedo voy a hacer eso. Quiero soñar con algo. El sueño tiene que ser súper remoto. Uno tiene que ir hacia algo impensado”.
En medio del encierro, la tristeza y la caída de oportunidades, apareció lo que define como una nueva posibilidad. “En ese momento, con la angustia, apareció una nueva oportunidad, la reinvención”.
Así fue como retomó una práctica que había tenido en su juventud. “Me puse a hacer dibujitos, como cuando lo había hecho con La Ola Verde, solita en casa, a los 18 años”.
El ecommerce como aliado en plena pandemia
El salto de la idea a la acción fue vertiginoso. “En 45 días puse un poquito de plata y fabriqué 150 trajes de baño”. Sin experiencia previa en la industria textil, se lanzó a producir, gestionar proveedores y coordinar procesos. “Hice llamadas, videollamadas. Compré las telas prácticamente sin mirar. No sé cómo hice todo. La información me llegó del cielo, pero llegó”.
El canal de venta también reflejó el contexto de época. “Llegué a vender trajes de baño desde el living de mi casa a través de fotos”. El avance del comercio electrónico fue un aliado clave. “Arrancamos un 16 de septiembre y en tres días se había vendido todo. Yo no lo podía creer”.
El éxito inicial no sólo validó la idea, sino que le dio impulso para continuar. “Dije: esto es una locura. Pero ayudó mucho el famoso ecommerce que arrancaba con fuerza en ese momento”.
Más allá del resultado comercial, el proyecto tuvo un impacto personal profundo. “Arrancó en mi casa, con una angustia horrible porque mi hijo se iba a vivir a otro país. Y esto me sacó de la angustia, de la depresión y de la pandemia”. La marca se convirtió en un espacio de reconstrucción emocional, en un nuevo propósito. “Pude crear y armar un universo diferente”.
Ese crecimiento fue acompañado por una evolución tangible del negocio. “Así pasamos de mi casa a un showroom. Y ahora tenemos un local propio, que lo construí con mi hija arquitecta”.
La empresa se consolidó como un proyecto familiar, donde la confianza y el vínculo cercano son parte central de la propuesta. “Realmente construyo confianza”, enfatiza.
La indumentaria nacional y la competencia importada
Uno de los pilares de su emprendimiento es la defensa de la producción nacional. “Defender el producto hecho en Argentina es algo que me motivó muchísimo. Yo soy un producto 100% argentino, porque siempre le debo mucho a mi público”. Esa identificación con lo local se traduce en decisiones concretas. “Los suéteres los fabrico en Mar del Plata”.
Palmiero plantea el debate en términos de calidad más que de precio. “No me gusta que la discusión sea por el precio. Discutamos calidades. Si discutimos calidades, creo que Argentina puede competir”, desafía.
Desde su experiencia, la clave está en ofrecer un producto diferencial. “Yo saco mis trajes de baño al mundo, los llevo al Miami Swim Week. Y hago algo auténtico, genuino, hecho acá. Y a la gente de otros países les encanta”.
La comparación con productos importados también aparece en su discurso. “Hoy si agarrás cualquier prenda de las que compran afuera, tienen apenas 8% de lana. No te abriga”. Frente a eso, reivindica la utilización de materiales de mayor calidad. “Los suéteres son 100% lana, hechos en Mar del Plata”.
El vínculo con las clientas es otro aspecto central del modelo. “No es sólo vender ropa. Es la comunicación de sentirse una mujer fuerte, poderosa, segura de sí misma. Que se puede reinventar todos los días de su vida”. La marca apunta a un público amplio, sin segmentación etaria estricta. “Es ropa que no tiene edad. Te la podés poner de 20 a 80 años”.
En ese sentido, diferencia su propuesta de la de grandes cadenas internacionales. “Zara no te habla. Si tenés una duda nadie te contesta el WhatsApp. Pero nosotros tenemos una atención personalizada”.
La cercanía es, para Palmiero, un valor competitivo. “Yo estoy en el local atendiendo a la gente, mostrándole los productos y defendiendo lo que es bueno”.
El proceso productivo también forma parte del relato de marca. “Yo tengo talleres, costureras, mano de obra. Todo está hecho a mano. Se lava a mano. No se mete en el lavarropas”.
El diferencial de la calidad por encima del precio
Respecto al impacto de la importación, su mirada no es de rechazo, sino de competencia. “La importación puede ayudarnos a fortalecer nuestra industria. Para eso tenemos que aprovecharla”. Sin embargo, insiste en que el diferencial no debe ser el precio. “No le tengo miedo, porque afuera también la ropa es muy cara. En todo el mundo la ropa buena es cara”.
La discusión, para ella, vuelve siempre al mismo eje. “Yo no quiero discutir de precios. Yo discuto calidades”. En ese terreno, considera que la industria local tiene herramientas para posicionarse: “La gran pelea en el mercado es la calidad y la atención personalizada”.
El servicio postventa aparece como otro elemento clave. “La gente necesita que le prestes atención. Que si se le rompe un botón vos le digas: no importa, yo te lo arreglo”. Esa lógica de cercanía refuerza el vínculo con el cliente y diferencia a su marca en un mercado competitivo.
Finalmente, Palmiero destaca el valor del trabajo artesanal argentino. “No quiero desprestigiar a la industria china. Pero nuestra ropa está hecha a mano por un argentino. Las carteras están hechas por un marroquinero. Los zapatos están hechos por un tipo que hizo toda la vida ese laburo”. En esa cadena productiva encuentra un valor que trasciende lo económico. Y concluye: “Eso hay mucha gente que lo valora”.
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