Aquí mandan la cultura Lilo es una niña solitaria, criada por una hermana mayor, y con problemas de relación con sus amigas. No desea otra cosa que alguien a quien amar, y que le llegue del cielo. Su anhelo se cumple, pero con ribetes casi bizarros: aterriza en su casa un Gremlin malhumorado que ni siquiera es un marciano sino un experimento genético interplanetario, denominado 626, a quien adopta como un perro y bautiza como Stitch. Su nueva mascota, mezcla de alien con el demonio de Tasmania, es eficaz, por momentos cómico, pero antipático. La ternura Disney es totalmente extranjera en su concepción. En la misma línea, la hermana mayor parece escapada de un film neorrealista: tiene problemas de trabajo, la acosa un asistente social que determinará si ella puede seguir educando a Lilo, etc. Más tarde, el cuadro se cierra con la aparición de los extraterrestres malévolos que vienen a aniquilar a su engendro.
En la anécdota, como se ve, pueden reconocerse tibiamente algunas de las condiciones que podrían haber hecho de esta película un típico Disney (niña solitaria redimida por un ser fantástico), pero tanto su puesta en escena como la cultura
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