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17 de junio 2023 - 00:00

Lino Ventura: una visita al país en los años de plomo, liberar a un director secuestrado y saludar a Passarella

En marzo de 1980 el gran actor del policial negro francés visitó el país pese a estar en contra del régimen militar. Su paso dejó varias historias.

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Lino Ventura.

El mes de marzo de 1980 se caracterizó en Buenos Aires por un calor récord que no se registraba desde hacía años. Las clases se suspendieron, algunas oficinas modificaron sus horarios de atención, y los hospitales recibieron más pacientes con golpes de calor que nunca.

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Durante esos días, en el cine Broadway, se celebró una Semana de Cine Francés que hizo historia (no tanto por sus títulos sino por la comitiva que la acompañó): entre otros, vinieron Jean Louis Trintignant, Nasstasja Kinski, Danielle Delorme, los directores Henri Verneuil, Roman Polanski (entonces en pareja con Nasstasja), Jacques Doillon y Philippe de Broca, y el gran actor del policial negro francés, Lino Ventura.

Pero, si esa delegación “hizo ruido” (como se dice ahora y no se decía entonces), mucho más hicieron las figuras que no vinieron, algunas de los cuales habían sido invitadas pero repudiaron la visita de sus colega. Tal como había ocurrido dos años antes con la participación del equipo de Francia en la Copa del Mundo 78 en la Argentina.

El matrimonio de Yves Montand y Simone Signoret encabezó las protestas, que no se limitaron a simples declaraciones en los medios sino que, con su guía, se llegaron junto con cientos de manifestantes hasta el aeropuerto de Charles De Gaulle a la medianoche, con pancartas en la mano y rostros de argentinos desaparecidos (numerosos refugiados los acompañaban), para tratar de impedir que la delegación francesa subiera al avión.

“¿Qué es esto, una trampa?”, cuentan que dijo Lino Ventura cuando, durante los trámites de migración, se vio asediado por los periodistas franceses. Todos conocían su posición antifascista y que de ninguna forma su presencia en el Festival de Cine significaba un apoyo al régimen. “Yo no ignoro lo que ocurre en la Argentina”, agregó, “pero es peor quedarse de brazos cruzados y protestando que viajar hasta allá para averiguar lo que ocurre, y tratar de hacer algo si eso es posible”, respondió.

Quien relata esto es Gilles Durieux, en aquel momento empleado de Unifrance Films (la sociedad estatal de promoción del cine francés en el mundo, que entonces hasta tenía oficinas en Buenos Aires), y que acompañó a Ventura, como su secretario personal, en el viaje. Años después, tras la muerte del actor de “Los aventureros”, “El ejército de las sombras” y “Ciudadano bajo vigilancia”, publicó una biografía en la editorial Flammarion.

Tan importante fue ese viaje en la vida de Ventura que Durieux hasta lo elige para iniciar su libro. Añade que, una vez en Buenos Aires (desde luego, nada de eso se publicaba en la prensa argentina de entonces), con la ayuda activa de Danielle Delorme, sostuvo numerosas entrevistas a título personal con el embajador de Francia en el país, además de otras diligencias con organismos internacionales de derechos humanos, y que pudo lograr la liberación de un director argentino que estaba detenido desde hacía algunos meses. Desafortunadamente, Durieux no da el nombre de ese cineasta.

Hasta allí, según su biógrafo y secretario, el papel político de Lino Ventura en su visita a la Buenos Aires de la dictadura, en donde se lo veía sudar en cada reunión con la prensa o en restaurantes porteños, echando pestes contra el insoportable calor (a él, que poco le hacía falta para montar en cólera).

Sin embargo, prosigue Durieux, hubo otro momento de la visita, además de la liberación del director gracias a sus oficios y de la diplomacia francesa, que lo llenó de satisfacción. Fue cuando, tal como se lo había prometido, lo llevó al estadio de River Plate a ver un partido de su equipo argentino favorito, y a su término a visitar el vestuario para que saludara a Daniel Passarella, para quien el actor francés (así lo expresa Durieux) era “un dios”. Aparentemente, el sentimiento era recíproco. Ventura jugó al fútbol de manera amateur hasta muy grande, en un equipo amateur del que formaban parte otros actores, como Marcel Bozzufi.

Passarella, en aquel encuentro que lo tomó por sorpresa, a falta de otro obsequio le regaló “su camiseta de líbero con la que acababa de jugar el partido, toda sudada naturalmente”, escribe el autor. Y Lino Ventura, prosigue, sonreía como un chico con un juguete nuevo y siempre deseado.

A la mañana siguiente, cuando Durieux entró en la habitación 429 del Hotel Plaza que ocupaba el actor, cuenta que descubrió la camiseta de Passarella, lavada, planchada y doblada con esmero, sobre la cómoda. Por la tarde, a instancias de su secretario, fueron a darse una vuelta por el departamento que habitaba Jorge Luis Borges, en la calle Maipú, pero el interés de Ventura no era el mismo. “Vamos, vamos a cenar ahora, Gilles”, lo apuró. Y así fue que eligieron un restaurante por el microcentro, mientras Lino tarareaba, durante toda la caminata, el “Bella Ciao” partisano, y protestaba por los casi 40 grados de temperatura aún a esa hora.

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